La pasión aparece antes de que sepamos reconocerla. Al principio no tiene nombre. Se presenta como una curiosidad que despierta sin avisar, por lo que consigue nuestra atención por más tiempo de lo esperado. No sabemos todavía qué estamos sintiendo, solo advertimos que hay algo diferente, algo que empieza a despertar y nos invita a acercarnos.
Quizás la pasión no se manifiesta de golpe como una certeza, sino como una inquietud que empieza a crecer. Primeramente es apenas un interés: queremos probar, conocer, descubrir qué hay detrás de aquello que nos atrae. Después comenzamos a dedicarle tiempo casi sin darnos cuenta. Una tarde frente a un libro, una canción, una cancha, una cámara, una hoja llena de palabras. El tiempo cambia de ritmo y, cuando levantamos la mirada, descubrimos que estuvimos completamente ahí.
Entonces empezamos a observarnos. ¿Qué tiene esto que consigue ocupar tanto de mí? Tal vez la respuesta esté en lo que comienza a sucedernos mientras lo hacemos. Aparecen las ganas de aprender, de mejorar, de encontrar otra manera. Incluso, cuando algo sale mal, queda esa necesidad de comprender qué faltó. La dificultad ya no es solamente un obstáculo: también se convierte en una oportunidad para descubrir hasta dónde podemos llegar.
Y es ahí cuando la sensación adquiere otra intensidad. Ya no alcanza con que algo nos guste. Hay algo que nos mueve, que despierta nuestra imaginación y nos hace crecer. Puede suceder en el deporte, en el estudio, en la música, en la escritura, en el arte o en cualquier actividad que consiga conectarnos profundamente con lo que hacemos. Resuenan como una melodía que conocemos de memoria, incluso cuando hace tiempo que no la escuchamos. Poco a poco, aquello que hacemos empieza a tener un porqué. Aparece una dirección, aunque todavía no exista un destino definido. Una curiosidad puede convertirse en búsqueda y una búsqueda, en un camino. Mientras avanzamos, empezamos a descubrir que no solamente estamos mejorando técnicamente en lo que elegimos: también estamos aprendiendo sobre nosotros mismos, sobre lo que queremos, lo que podemos sostener y aquello por lo que estamos dispuestos a esforzarnos.
También entendemos que no todo lo valioso necesita ser visto. Existen horas de práctica, errores, páginas tachadas y pequeños avances que nadie conoce. Sin embargo, nos da algo que ninguna mirada externa puede reemplazar: sentido. Quizás sea esa una de las primeras señales de que aquello que comenzó como una inquietud está convirtiéndose en algo más profundo.
Descubrir una pasión no parece suceder en un único instante. Se construye entre pruebas, dudas, entusiasmo y descubrimientos. Primero sentimos curiosidad, después aparece la necesidad de conocer más, luego llega el esfuerzo y, con él, el deseo de continuar; hasta que un día miramos hacia atrás y reconocemos algo que siempre estuvo creciendo.
Y quizás lo más conmovedor sea eso: descubrir que la pasión no estaba esperando a ser encontrada, sino que estaba naciendo mientras nosotros aprendíamos a sentirla. No sabemos todavía hasta dónde puede llevarnos. Solo sabemos que una luz empezó a brillar y por alguna razón queremos seguirla.
La idea del teatro nace del deseo de transformar la realidad y dejar una huella, pero, cuando no podemos materializarla como queremos…, ¿se vuelve una mala idea?
El inicio se define como el nacimiento de un proceso, evento o período. ¿Cuántas veces nos sentimos perdidos al principio del camino? Nos da la impresión de no poder avanzar porque nos sentimos solos, con miedo, sin confianza, pensando si somos capaces de tener ideas tan buenas que logren ver la luz.
Somos humanos con emociones catastróficas en nuestro interior. Planteamos el peor escenario pensando en la oscuridad, cuando nuestro alrededor está lleno de reflectores iluminando a más no poder.
Y…, ¿qué pasa cuando alguien cree en nosotros? Nos sentimos imparables para poder creer que vamos hacia donde nadie ha podido llegar, pero solo es eso, alguien que tiene fe en nosotros. Sin embargo, quien tiene el poder de decidir pararse en el medio del escenario y esperar a que las luces se enciendan, somos nosotros mismos.
¿Acaso no somos nosotros los únicos capaces de elegir el camino y mantener el paso firme hacia adelante? ¿No somos la persona a la que tiene que seguir ese único reflector encendido al inicio, en el nacimiento de nuestro proceso?
Detrás del telón existe un escenario que pocos llegan a conocer. La función todavía no empieza, pero algo ya está ocurriendo.
El teatro de la locura permanece en silencio antes de cada estreno. No es un sitio donde solo se representan historias, sino un espacio donde nacen aquellas que todavía no encuentran una forma definitiva. Entre luces apagadas y páginas de un guión aún incompleto, conviven las ideas, los recuerdos, las obsesiones y las experiencias que transforman una visión en una voz propia.
No es un teatro común. No tiene una única escena ni un libreto definitivo. En sus rincones se acumulan momentos que, aunque parecen pequeños, terminan formando parte de una obra mayor. Una decisión, una oportunidad, una persona o una experiencia pueden convertirse en una trama fundamental de aquello que algún día saldrá a la luz.
Antes de que una historia llegue al público, existe todo aquello que la construyó: los aprendizajes que dejaron una marca, caminos que cambiaron de dirección y las situaciones que permitieron descubrir nuevas formas de crear. Cada elemento, poco a poco, empieza a tomar forma.
Todo gran espectáculo guarda esa parte invisible, hecha a partir de intentos, cambios de rumbo y momentos que transforman al protagonista. No se trata únicamente de llegar al escenario, sino de descubrir qué elementos forman parte de la historia que se quiere contar.
Los grandes espectáculos suelen recordarse por el momento en que las luces se encienden, pero pocas veces se observa todo lo que ocurrió antes: las horas de preparación, las decisiones tomadas, las experiencias acumuladas y los fragmentos que, sin saberlo, estaban construyendo algo más grande.
Antes de ser visto, todo artista debe enfrentarse al vacío. Un espacio donde descubre qué quiere transmitir y qué parte de su propia verdad llevará consigo cuando finalmente llegue el momento de salir a escena. En este teatro conviven distintas versiones de una misma persona: la que soñó con llegar hasta ahí, la que aprendió durante el camino y la que todavía continúa construyéndose. Cada rincón guarda un eco; cada pared la huella de un intento.
El artista también se vuelve espectador y crítico de su propio proceso. Observa lo que ha creado, reconoce lo aprendido y comprende que ninguna obra nace con el aplauso, sino mucho antes.
Quizás la verdadera magia nunca estuvo únicamente en el momento de la ovación... sino en todo aquello que hizo posible que ese instante existiera.
Antes del reconocimiento, de los quince minutos de fama y de que un nombre sea recordado, existe este lugar: el teatro de la locura. El escenario invisible donde cada experiencia encuentra su sentido y donde comienza la historia que algún día los demás verán.
Hay una parte de cualquier sueño que no suele aparecer cuando contamos la historia que le pertenece: todo lo que pasó antes. Las horas frente a una pantalla, los trabajos que salieron mal, las veces que hubo que volver empezar y esas pequeñas decisiones que, en el momento, parecían no llevar a ningún lado.
Llegar implica hacer cosas que no siempre queremos hacer. Repetir una tarea hasta que salga, aprender algo desde cero, quedarse un rato más cuando los demás ya terminaron o dejar de lado otros planes para poder seguir con el propio. También implica acostumbrarse a que muchas veces el esfuerzo no tiene una respuesta inmediata.
Porque mientras uno está en esa etapa, los resultados no siempre se pueden mostrar. Nadie ve las horas de práctica, los cambios de último momento o todo lo que hubo que corregir para conseguir algo que, cuando finalmente funciona, parece sencillo. Desde afuera solo se ve el resultado, pero todo lo anterior queda escondido.
Quizás por eso esta etapa sea tan difícil de contar. No tiene una escena final que demuestre que todo valió la pena. Hay días en los que se trabaja mucho y no pasa nada. Otros en los que aparece una oportunidad y no sale como esperábamos. Y también están las veces en las que tenemos que reconocer que una no funciona y elegir entre insistir, cambiarla o dejarla atrás.
Tampoco existe la seguridad de que todo esfuerzo termine como imaginamos. Podemos cambiar de rumbo, abandonar una idea o descubrir que aquello que buscábamos ya no es lo que queremos. A veces se llega a un lugar diferente y otras no se llega.
Pero eso no hace que lo anterior desaparezca. Todo lo que ocurrió durante ese tiempo deja algo: una habilidad, una experiencia, una forma distinta de mirar las cosas o incluso la certeza de que ya no queremos seguir por ahí.
Tal vez esa sea una de las partes más importantes de intentar algo. No saber exactamente dónde va a terminar, pero descubrir, mientras avanzamos, qué somos capaces de hacer, qué estamos dispuestos a sostener y qué cosas ya no queremos repetir.
Hacer una revista tiene una magia irrepetible, más aún si la estás viviendo en el último año de la carrera como en nuestro caso, donde se juntan dos profesiones que nos desafían a un verdadero trabajo en equipo. Cuando la idea de un comunicador social se cruza con la mirada de un diseñador gráfico, el resultado deja de pertenecer a uno solo para transformarse en algo mucho más potente. ¿Querés saber de qué se trata este proceso creativo?
En 1967, el semiólogo francés Roland Barthes realizó un ensayo titulado La muerte del autor para recordarnos que cualquier cosa que escribimos no nos pertenece por completo: todo texto es, en sí mismo, un cúmulo de historias y aprendizajes preexistentes. Es un tejido vivo y un terreno fértil donde las huellas de los otros dejan su propia marca unida a la tuya.
Si trasladamos estas nociones a nuestros procesos creativos en el campo de la Comunicación Social o el Diseño Gráfico podemos encontrar este rastro. Por ejemplo, a la hora de ponerle un nombre a esta nota o definir la estética de la página descubrimos que a alguien más se le ocurrió una idea similar en otro rincón del mundo. Lejos de presentarse como un absurdo o una frustración, la frase «todo ya está inventado» cobra un nuevo sentido: se vuelve una invitación a soltar la obsesión por la originalidad pura y un desafío que potencia la creatividad.
Cuando trabajamos en equipo, nuestros egos deben romperse. En ese sentido, Barthes plantea una distinción entre lo que es una pieza y lo que significa la huella para referirse al carácter de las personas. La pieza se trata de una persona rígida, soberbia y que no acepta sugerencias, mientras que la huella es aquel sujeto que se deja moldear y es permeable al cambio.
Lo que nos establece Barthes con esto último no es un sinónimo de pasividad. En la tensión de dos o más que trabajan juntos se genera la chispa necesaria. En otras palabras, el choque entre dos posturas distintas no es un conflicto destructivo e irreparable, sino el motor que encauza un proyecto estancado.
La modificación de una idea inicial en el trabajo colectivo es lo que permite construir algo superior. Por ejemplo, si lo pensamos desde el teatro, la interacción entre personajes genera un conflicto que permite hacer avanzar la trama. En nuestro caso, el armado de esta revista es parecido a una obra donde la interacción de comunicadores sociales y diseñadores gráficos permiten que esta nota salga a la luz. Se trata, entonces, de un ejercicio permanente de soltar y ceder ante los otros.
Si nos detenemos a pensar en lo que significa hacer una revista con personas que no se conocen, pero que están reunidos por una meta en común, hay un disfrute escondido en permitir al otro recortar tu párrafo favorito o hacer que rediseñe la paleta que te quedaste armando toda una noche. Esto también lo explica Barthes en El placer del texto donde la belleza radica en perder el control.
El boceto de lo que estás creando en compañía de alguien es el equivalente al backstage previo a un show, donde se ven las cicatrices y las modificaciones que sirvieron para mostrar el mejor resultado posible. Son, en definitiva, tachaduras que esculpen en lugar de borrar tu nombre de la obra.
Finalmente, cuando el telón se abre, la autoría se pierde en pos del resplandor colectivo. ¿De quién fue la idea? ¿Quién sugirió cambiar la primera frase? ¿A quién se le ocurrió el final? Son preguntas que dejan de importar. Crear en grupo consiste en renunciar a la preponderancia individual para permitir la intervención de la huella del otro por sobre la nuestra. Nutrirse de los demás no es renunciar a lo propio, es entretejerse en la experiencia viva de los otros.
Me había acostumbrado tanto a medir la distancia entre quién era y quién quería llegar a ser que olvidé mirar todo lo que había avanzado.
Todo empezó con algo tan cotidiano como inesperado: un mensaje.
«Impresionante tu desempeño siempre y el nivel tan grande que tenés. Seguro es producto de todo el esfuerzo y el amor que se ve que ponés en cada trabajo. Muchísima admiración».
Lo leí varias veces, pero había una palabra a la que volvía una y otra vez: admiración. Podía entender que alguien valorara mi trabajo o reconociera mi esfuerzo, pero…, ¿admirarme? Eso era distinto. La palabra me quedaba grande.
Yo conocía demasiado bien lo que había detrás de cada entrega: las dudas, las correcciones, las ideas descartadas y esa costumbre de encontrar un error apenas unos segundos después de haber terminado.
Entonces, apareció una pregunta: ¿Qué veía en mí que yo aún no podía ver? La admiración comenzó a sentirse como un vestuario que otros habían confeccionado para mí: desde afuera parecía quedarme perfecto, pero yo no sabía cómo llevarlo. Ellos veían la obra terminada, yo conocía las costuras, los arreglos y todo lo necesario para que, al salir a escena, nada de eso se notara.
Tal vez me cuesta reconocer mis propias capacidades porque vivo demasiado cerca de mi proceso. La inseguridad lleva una contabilidad injusta; escribe los fracasos con tinta permanente y anota los logros con lápiz, como si nunca terminaran de pertenecerme.
Aquel mensaje hizo que me cuestionara esa forma de autoevaluarme. Me obligó a preguntarme por qué pesaba tanto lo que me faltaba y tan poco todo lo que había recorrido.
Entendí que reconocer mis logros no significaba ignorar mis errores ni dejar de exigirme, sino aprender a mirar con más amabilidad desde dónde partía, cuánto había avanzado y cuánto camino todavía tenía por delante.
Entonces, aquel mensaje dejó de hablarme de admiración. Empezó a hablarme de valor. Y entendí que reconocerlo no era la meta, era el punto de partida. Porque, si solo miro lo que me falta, cada nueva meta se convierte en una prueba. En cambio, si reconozco también lo que aprendí, podré mirar hacia adelante sin negar lo que avancé.
Aún me pasa de terminar un trabajo y encontrar algo que podría mejorar. Probablemente siempre sea así. Pero ahora intento hacerme una pregunta diferente: ¿Qué tengo hoy que antes no tenía y hasta dónde puedo llegar con eso?
Quizá esa sea la autoevaluación que necesitaba aprender, una que me permita reconocer dónde estoy para decidir hacia dónde quiero ir. Por eso sigo guardando aquel mensaje; no para recordar que alguien me admiró, sino porque una mirada ajena me llevó a revisar la propia.
Hoy sigo viendo las costuras. Sé dónde dudé, dónde me equivoqué y qué partes todavía quiero mejorar. Pero ahora también sé lo que esas costuras cuentan.
Porque detrás de la obra perfecta nunca hubo perfección. Había una persona aprendiendo a reconocer su propio valor.
¿Cuándo empezamos a cambiar?
Tal vez no sea al principio, cuando todo parece una idea y todavía imaginamos cómo queremos que salga. Quizás suceda más adelante, cuando miramos hacia atrás y descubrimos que ya no pensamos de la misma manera, que algunas certezas cambiaron y que aquello que queríamos al comenzar también adquirió otro significado.
Otras veces aparece de golpe, cuando una situación nos obliga a cuestionar algo que creíamos seguro. A veces el cambio es tan gradual que no lo notamos.
Y ahí surge una pregunta: ¿seguiremos cambiando? ¿Todo cambio es necesariamente positivo?
Nos gusta pensar que avanzar significa convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos. Sin embargo, no siempre es sencillo saber si una transformación nos acerca a quienes queremos ser. A veces cambiamos porque elegimos hacerlo; otras, porque las circunstancias nos llevan por caminos que no habíamos previsto.
Evolucionar también implica detenernos a mirar qué estamos dejando atrás y qué queremos conservar. Cada etapa puede modificar nuestra forma de ver el mundo y de entendernos.¿Cuánto de lo que somos al empezar permanece cuando estamos cerca de llegar?
Quizás menos de lo que imaginamos. O quizás permanezcan algunas cosas, pero con otro significado. Lo que antes parecía una certeza puede convertirse en una pregunta, y aquello que no comprendíamos al principio puede terminar formando parte de nuestra manera de pensar.
Tal vez el proceso no consista en llegar a una versión definitiva de nosotros mismos, sino en aprender a conocernos mientras cambiamos. Esos quince minutos que alguna vez imaginamos como el punto de llegada pueden terminar siendo apenas una parte de un recorrido más amplio. Cuando llegue ese momento, no solo habrá cambiado aquello que construimos: también habremos cambiado nosotros. Y quizás ahí esté una de las claves del proceso: aceptar que no podemos saber con exactitud quiénes vamos a ser cuando termine.
¿Cambiaremos para bien o para mal? ¿Vamos a reconocernos cuando miremos hacia atrás? ¿Nos estamos convirtiendo en las personas que queremos ser? Tal vez no haya respuestas definitivas. Mientras seguimos avanzando, seguimos cambiando y aprendemos a mirar esas transformaciones sin dejar de preguntarnos quiénes queremos ser.
Porque cuando lleguen esos quince minutos, quizás no seamos exactamente quienes imaginábamos al comenzar. Y tal vez eso también sea parte de llegar: descubrir que, mientras intentábamos construir algo, el proceso también nos estaba construyendo a nosotros.
Bienvenidos al Manual no oficial de la fama para entender cómo alguien termina siendo conocido por todos: una pequeña clasificación de esas criaturas que habitan el extraño territorio de ser conocido. Hay quienes nacen cerca de los reflectores, quienes corren hacia ellos, quienes son preparados para llegar y quienes simplemente estaban en el lugar perfecto cuando el mundo decidió mirar.
En resumen, así lo explica este extraño diccionario: la fama puede heredarse, resistirse, fabricarse o aparecer por casualidad. Puede ser una escalera, una estrategia, una explosión o simplemente un momento inesperado. No existe una única fórmula para llegar a esos famosos quince minutos en los que todo el mundo parece mirar hacia el mismo lugar.
Pero quizás la pregunta más interesante no sea cómo se consigue la fama, sino qué hacemos cuando finalmente llega. Porque la fama puede convertir a cualquiera en una conversación. Lo difícil es saber cuánto tiempo dura esa conversación.
Hay momentos que parecen esperarnos durante toda una vida. Instantes que alguna vez imaginamos a solas, cuando nadie sabía nuestro nombre y solo existía la certeza de que algún día queríamos estar ahí.
Y entonces, las luces se encienden.
El escenario se llena de brillo. Los flashes aparecen, las miradas se encuentran y los aplausos empiezan a crecer. Por un instante, no existe nada más. Estás ahí, en el centro, sintiendo que ese lugar finalmente es tuyo.
La fama tiene algo de irreal. Es escuchar tu nombre en boca de otros, sentir que te reconocen y descubrir que, por fin, todas esas miradas están sobre vos. Es el vértigo de ser visto, pero también el placer de disfrutarlo. De dejarse llevar por las luces, por la música, por los aplausos y por esa sensación de que este momento te pertenece.
No hay dudas ni silencios. Solo el escenario, las luces en la cara y esa felicidad difícil de explicar cuando finalmente estás donde siempre quisiste estar.
Quizás esos sean los quince minutos de fama: un instante suspendido en el tiempo, en el que el mundo entero parece detenerse para mirarte.
Y vos, por fin, sonreís.
Hay una cuenta que nunca se cierra: la de los aplausos. Cada uno dura diez segundos, y enseguida hace falta el siguiente. Y es en esa pequeña acción que arranca la adicción más silenciosa que conocí.
Es algo natural querer ser admirado. El problema empieza cuando esa mirada deja de acompañar lo que hacés y pasa a ser la razón por la que lo hacés. Y no hace falta un escenario para reconocerlo: alcanza con haber querido, aunque sea una vez, que alguien te diga que estás haciendo las cosas bien.
La fama, en su punto más alto, funciona como cualquier otro vicio: lo que ayer te llenaba como un comentario, un «bravo» desde algún rincón, hoy apenas alcanza. Necesitás un poco más. Un escenario más grande, un discurso más largo, un aplauso más duradero. Y en el medio, algo se empieza a escapar sin que lo notes: ya no sabés si lo hacés por vos o por ellos.
Hay algo casi teatral en esa mecánica, aunque no haya telón: el aplauso siempre funcionó así, desde el actor que sale a saludar hasta el que hoy junta reacciones en una pantalla.
Cualquier persona en la cúspide de su fama deja de tener un solo escenario y empieza a tenerlos todos al mismo tiempo. Y ahí es donde la cima deja de ser un logro puntual, para convertirse en una exigencia constante, un estado que hay que sostener función tras función, como quien pedalea una bicicleta que no puede parar sin caerse. Hay quienes, en lugar de temerle a esa bicicleta, deciden directamente no bajarse nunca. Moria Casán es, quizás, el ejemplo más elocuente de esa decisión: una figura que eligió vivir y hacer de su vida una obra permanente.
«Yo quiero ser inmortal».
Moria Casán
Ese deseo de trascender es, en el fondo, el deseo de que el aplauso nunca se corte. Y ahí aparece automáticamente la pregunta que en el fondo todos evitamos: ¿Aplaudimos a la persona o aplaudimos al personaje que nos entretiene?
En la cima nadie te pregunta cómo estás; te preguntan cuándo llegará el próximo éxito o hit. Todos quieren la versión que ya aprendieron a aplaudir, la que mejor entretiene, la que menos incomoda. Lo raro es cuando alguien logra que el aplauso siga siendo para la persona real, y no solo para el personaje. Es lo que la misma Moria dijo alguna vez sobre Lali Espósito: «Es una gladiadora, es genuina, tiene verdad, es muy luminosa».
Hace falta haber vivido bajo esa lupa para reconocer cuándo alguien logra atravesarla sin perderse. Que se vea a alguien «genuino» y «con verdad» en pleno pico de su carrera es la excepción, no la regla: la mayoría fabrica una versión pulida de sí mismos para sobrevivir al aplauso. Tal vez esa sea la verdadera hazaña de la cima y no la cantidad de aplausos que se reciben. ¿Cuánto de uno mismo sigue estando ahí cuando terminan? ¿Qué pasará después de eso?
Aunque cambien los nombres, las décadas o los escenarios, el patrón se repite porque el mecanismo es el mismo: alguien descubre que puede llenar un vacío con la mirada ajena, y esa mirada, generosa al principio, termina exigiendo cada vez más presencia, más entrega, más versión pública de uno mismo.
Nadie avisa que la fama no llega con un manual ni con un botón de pausa. Se aprende sola, a los golpes cuando el cuerpo ya está acostumbrado a necesitar ruido para sentirse tranquilo, y el silencio, que antes era simplemente silencio, hoy se siente como una amenaza.
El aplauso tapa todo. Tapa hasta las ganas de hacerse preguntas sobre lo que vendrá después. Pero hay una frase que alguna vez me dijeron y que insiste en volver justo cuando el ruido es más fuerte: «No se vive de los aplausos». Y quizás, ese sea el verdadero desafío de estar en la cima: no perder de vista que, cuando se apague el último, algo tiene que seguir de pie.
No tuve nada. De la noche a la mañana, con todo el esfuerzo y apoyo, tuve todo.
Empezar de cero, con el público en contra, con los críticos encima mío, pendientes de cada error. Seguir con el apoyo de unos cuantos, quienes creen en lo que hago, con el respaldo de quienes saben en lo que estamos envueltos.
Poco a poco, con más sostén, la gente paga por ver mi creación, y el respaldo es cada vez más grande. Creo que ahora me puedo considerar una profesional en dominar la ilusión, en crear un escape de la cotidianeidad, en hacer reir a las personas, en crear nuevos actos todas las noches, en mostrarle al público talentos ocultos y en endulzar los oídos de los espectadores con grandes cantantes, pero…
¿El apoyo sigue siendo el mismo? ¿Las personas que me apoyaron desde el principio lo siguen haciendo? ¿Con la misma convicción?
El temor que invade mi cabeza cuando llego a casa y comparto momentos cortos con mi familia en almuerzos o cenas, es que el “personaje público” termine devorando a la persona real.
Porque, al dar por sentado el cariño de los míos y ausentarme en eventos importantes, me convierto en lo que no esperé: una mina adicta a lo que hace, incapaz de frenar para mirar a quienes estuvieron desde el primer día. Tengo miedo de estar perdiéndome dentro de lo que construí con mis propias manos y todo eso…, ¿por qué? ¿Por quince minutos de fama?
Tengo en claro que mi miedo no es al éxito, porque puedo considerarme exitosa, el miedo es a perder mi esencia, la chispa que me llevó a donde estoy y olvidar quién soy y a quién me acompañó en todo el proceso, con sus altos y bajos, con sus idas y vueltas.
¡Bam! Cayó el telón y ahora los aplausos se convierten en gotas de lluvia repiqueteando por la ventana. Hay algo que los labios no quieren decir, pero que la mente si se anima a formular: ¿Y ahora, qué?
La respuesta no es salir corriendo a buscar un trabajo o emprender otra meta. Es la calma y el silencio que evitamos en una sociedad hiperconectada. A esta enfermedad del siglo XXI se la conoce como ‘almafobia’: el miedo a mirar y habitar nuestro propio interior.
¿Por qué tendemos, casi por inercia, a llenarnos de actividades y metas? ¿Por qué huímos de aquellos estados de aburrimiento y aparente improductividad? Para el filósofo Byung Chul-Han esto ocurre debido a una obsesión de la sociedad por la hiperactividad, el ruido digital y esa sensación de que está prohibido bajarse de la montaña rusa.
Nos programamos para una performance constante, el scroll infinito y esa necesidad de que todo sea perfecto y documentado. Mientras que la hoja en blanco, la lluvia de ideas que nacen y mueren en un tachón y el descanso se viven como un guión absurdo.
¿Cómo puedo intuirlo? Porque me volví una experta en postergar mis propias pasiones. Escribir, leer, sacar fotos o tomarme un café con mi propia compañía suelen quedar en la sala de espera. Disfrutar se vuelve culposo porque siempre hay una excusa nueva que alimenta la exigencia: el trabajo, una tesis por terminar, cursar las últimas materias. Vivo una contradicción constante: querer que todo pase rápido y, a la vez, desear que no.
«Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta», dice Carl Jung en medio de esta vorágine. Pero mirar hacia adentro exige detener la marcha y atravesar la propia sombra de todo eso que ocultamos debajo del bullicio de los millones de reels que coleccionamos por si un día los necesitamos para inspirarnos. A veces, el tiempo es tirano y no espera hasta que nazca el famoso «Eureka!».
Quienes entramos en este juego o dependemos de un hilo creativo, nos atraviesa un maremoto de inseguridades y terminamos cediendo nuestra esencia o reduciendo nuestro proceso a un prompt o a hooks alimentando aquella sociedad de la que habla Byung Chul-Han.
El problema no es el uso de la tecnología o la aparente exigencia de los demás hacia nosotros. Es la mirada esquiva que tenemos sobre nuestras imperfecciones: una palabra que no encaja, una mancha que debía ser una obra maestra, una foto que debía tener nuestro mejor ángulo o esta misma nota buscando certezas. Y está bien no tenerlo todo resuelto al instante ni apurarte en ser vos quien suba al escenario primero porque en la imperfección habita la identidad, esa bolita de estambre invisible que hila todo lo que somos.
Tomarnos un descanso y habitar la quietud no es un capricho ni un tiempo perdido; es el abrazo que nuestra propia voz necesita. Es el silencio que le permite al proceso creativo respirar sin la prisa de la siguiente meta.
Cuando la función termina y las luces se apagan, vencer la almafobia es regalarnos la pausa, apagar la pantalla y recordar que el arte y las ideas no corren detrás de una entrega ni son un cálculo. Nacen de quien se atreve a habitar su propio silencio para encontrarse con el 'yo' del proceso.
La foto dura menos de un minuto al igual que el diploma en la mano, los abrazos, los aplausos, la sonrisa para la cámara… Durante años imaginaste el momento, y un día llega.
Después de tanto estudiar, trabajar, esperar y ahí está, lo lograste. Te recibiste o conseguiste ese trabajo que tanto querías.
Mirás a tu alrededor y todos te felicitan. En redes subís la foto y arrancan los mensajes. Algunos contestás, otros no; sonreís un poco y también suspiras. El outfit que habías preparado para ese día ya cumplió su rol, y ya no se ve tan lindo.
Si las revoluciones bajan una vez todos se van a dormir, aparece la pregunta que no querías que venga a tu cabeza: ¿Qué sigue?
Hay algo extraño al terminar, o al menos no se siente bien. Te das cuenta que, durante años, la única misión fue avanzar hacia ese momento. El objetivo estaba claro, el esfuerzo tenía un sentido y siempre existía un «el día que suceda tal cosa». Pero, cuando sucede, no se siente tan bien como creías que iba a ser.
Describirlo es complicado, pero es una especie de pseudodepresión que te pasa incluso con cosas más pequeñas. Esperaste durante meses un viaje y, cuando finalmente llega, se termina demasiado rápido y no lo disfrutaste tanto. Pasaste semanas preparando un examen y, cuando lo aprobás, no valoras haberlo hecho. Trabajaste durante años para conseguir un título y, después del festejo, volvés a casa con una sensación de vacío incomprensible, aún para vos mismo.
Estás feliz, claro, pero… ¿Esperabas mucho más?
Vivís acostumbrado a mirar hacia adelante. «Cuando termines la carrera», «cuando consigas trabajo», «cuando te mudes», «cuando tengas más plata», «cuando tengas tu propia casa» , «cuando te compres tal cosa», «cuando logres tal otra». El presente parece convertirse en una especie de sala de espera hasta que algún día llegue aquello que creés que finalmente va a hacerte sentir realizado.
Pero entonces pasa y el futuro que esperabas se convierte en presente. Nadie te enseña demasiado sobre ese momento, nadie quiere hablar del tema. Fuiste criado para perseguir objetivos pero no necesariamente para convivir con la sensación que aparece cuando ya no tenés que perseguirlos. Después del logro puede aparecer el vacío, la incertidumbre, la falta de motivación o incluso cierta tristeza. Una especie de bajón posterior a la meta que no te permite disfrutar ni valorar lo que se consiguió.
Mucho tiene que ver con que creíste que el título te va a dar seguridad, que el ascenso te va a hacer sentir suficiente o que alcanzar determinada meta va a ordenarte todo lo demás y te va a dar la sensación que esperaste sentir.
Pero ningún logro puede resolver por completo la pregunta de qué haces con tu vida después.
Siempre necesitas más y más y nunca encontrás la satisfacción que buscabas, porque no importa qué tan grande sea el logro conseguido; nunca es suficiente.
Es fácil caer en el mecanismo de reemplazar una meta por otra. Terminar una carrera y empezar a pensar en el posgrado. Conseguir un trabajo y querer ascender. Alcanzar un objetivo y establecer inmediatamente el siguiente como si estuviera mal conformarse con algo…
Quizás por eso los 15 minutos de fama muchas veces no se sienten como imaginaste. El momento sucedió, recibiste los aplausos y te sacaste la foto, pero el momento de euforia dura poco. ¿Y es culpa tuya?
Las metas le dan un sentido a tu vida pero… ¿realmente todo debería girar en torno a ellas? Aprender a disfrutar también es parte del camino y de reconocer que un logro puede ser importante sin apresurarte a ir por lo que sigue; es un punto que no se puede evadir.
Quizás la pregunta no sea solamente «¿qué querés conseguir?», sino también «¿quién sos cuando ya lo conseguiste?».
Hay que aprender a habitar el después y mientras tanto disfrutar el momento sin caer en un bucle de insatisfacción constante. Esto pasa a ser trascendental. ¿Y si comenzás a darle importancia?
Hoy puedo salir de mi casa sin que nadie me mire. Puedo caminar por la calle, sentarme en un restaurante o tener un mal día sin que eso le importe a demasiada gente. Nadie espera una foto y mi familia todavía puede llamarme por ese apodo que preferiría que el resto del mundo nunca conociera.
No soy famosa. Y, pensándolo bien, hay algo bastante lindo en eso.
Siempre imaginé la fama desde su lado más brillante: viajes, premios, escenarios, hoteles y miles de personas gritando mi nombre. ¿Quién no fantaseó alguna vez con una vida así? Pero cuanto más lo pienso, más me pregunto qué cosas de mi vida actual extrañaría si algún día dejara de ser una desconocida. Quizás serían justamente las más simples: salir sin pensar demasiado adónde voy, comer con mi familia, estar con mis amigos sin que exista una cámara cerca, volver a casa, ponerme ropa cómoda y no tener absolutamente nada urgente que hacer. En fin, cosas tan comunes que hoy ni siquiera parecen privilegios.
Tener una mesa reservada en el restaurante más exclusivo a mi nombre debe ser increíble… ¿Pero qué pasa si esa noche lo único que quiero es comer tranquila en mi casa?
Ahí aparece una contradicción que me resulta fascinante: pasamos gran parte de nuestra vida queriendo destacar, pero quizás, cuando finalmente todos miran, empezamos a valorar la posibilidad de pasar desapercibidos.
¿Y cómo se hace para que miles de personas te traten como alguien extraordinario sin terminar creyendo que sos más importante que los demás? Creo que ahí está una de las mayores dificultades de la fama: seguir siendo la misma cuando todos empiezan a decirte que sos especial.
No pienso en la humildad como una frase linda que hay que repetir cuando llega el éxito. La pienso como la capacidad de recordar que el reconocimiento o la admiración no te hacen más que los demás; que se puede caminar por una alfombra roja y seguir diciendo «gracias»; que la fama puede transformar muchas cosas sin modificar la manera en la que tratamos a quienes nos rodean.
Si algún día la fama llegara, sería absurdo pensar que mi vida seguiría exactamente igual. Cambiarían mis rutinas, mis oportunidades y seguramente también mi mundo. Pero me gustaría que esos cambios no significaran perder de vista quién soy y de dónde vengo.
Que el éxito sume, pero no cambie lo esencial. Que los viajes todavía dejen ganas de volver a casa. Que los premios convivan con las sobremesas. Que, entre tantas personas conociendo mi nombre, sigan existiendo algunas capaces de recordarme quién era cuando nadie lo sabía.
Tal vez conservar esa parte común y corriente sea justamente lo más difícil cuando todo alrededor empieza a decirte que sos extraordinaria. Poder seguir riéndome de las mismas cosas, escuchar a los demás, agradecer, reconocer mis errores y tratar a cada persona de la misma manera, tenga o no algo para ofrecerme.
Porque quizás el verdadero desafío de la fama no sea conseguir que todo el mundo sepa quién sos, sino lograr que, aun cuando todos conozcan tu nombre, sigas siendo alguien con quien los demás quieran estar.
El estruendo final de los aplausos se siente en el aire, el telón desciende cortando la luz de golpe. La intensidad penetrante de los reflectores se apaga y la sala se transforma, en solo un parpadeo, en un desierto de butacas vacías. Es el Acto IV. Los quince minutos de fama se han terminado, el tiempo se congela y un silencio denso y ruidoso te abraza.
Atrás quedó el proceso, aquel laberinto de ensayos silenciosos, donde la presión se sentía como un privilegio. Hasta ayer, caminabas en el dulce anonimato por la multitud. Eras un cuerpo más cruzando el pasillo de la universidad, peatonales de la ciudad, alguien que podía tropezar, reír a destiempo o cometer un error sin que el eco del tropiezo resonara más allá de tus propios oídos.
Nos lanzamos convencidos por esta promesa: nos han dicho que el teatro es lo mejor. Pero la luz de la escena es un destello tan intenso como breve. La permanencia en la cima dura infinitamente menos de lo que soñamos durante años de preparación.
Es en este punto exacto donde estalla la gran paradoja: qué ridículamente corta es la gloria en comparación con la eternidad de la espera. Tu nombre, que hace un momento sonaba en bocas ajenas, vuelve a quedar confinado al susurro de tu propia respiración. Y ahí, en la intimidad desnuda, frente al espejo, comienza a borrarse el personaje e irrumpe la pregunta: ¿Y ahora qué?
Aquí se esconde la primera gran contradicción: “la fama te hace visible, pero también te vuelve invisible”.
Tal vez la fama no consiste en que todos conozcan tu nombre, sino en descubrir que, cuando lo saben, cada uno de ellos guarda una versión diferente y ajena de quién sos. Descubrís, con un sabor agridulce en la boca, que ser conocido no significa ser comprendido.
Esos quince minutos de fama fueron una encrucijada donde se definió tu propio destino. Frente al reflector, tenés que decidir cuánto de tu alma estás dispuesto a entregar a cambio de una ovación. Detrás de cada mirada hay una interpretación, una historia que quizás nunca elegiste contar. Y ahora es el preludio del silencio, un vacío inevitable que aguarda cuando los murmullos de los elogios se apagan.
Nos repetimos que el teatro es lo mejor, que estar arriba es la cumbre de la existencia…, ¿pero qué es, en verdad, lo mejor? ¿Es acaso la ensordecedora ovación de miles de extraños que adoran un personaje? ¿O es que todos sepan tu nombre? o ¿es acaso que alguien te comprenda el alma?
Al final, el verdadero desafío no es conquistar al público ni lograr que la multitud te mire. El verdadero acto de valentía consiste en reconocerte a vos mismo cuando el peso de la mirada ajena comience a aplastarte. Consiste en mirarte al espejo, apagar las luces de la sala y comprobar que, detrás de la máscara del personaje, tu propia verdad sigue intacta. Porque, al fin y al cabo, el show termina, pero vos seguís acá.
Se apagan las luces. Solo queda el latido, cada vez más rápido.
Fulano: Al final, ¿te aplaudieron a vos, o aplaudieron al que brillaba?
NADIE: Aplaudieron mi talento.
Fulano: Ellos seguramente ya olvidaron qué fue lo que aplaudieron.
El corazón no solo late por emoción. También lo hace por la desesperación de perderse en el camino hacia una felicidad tenue. En este preciso momento tengo una pesadilla con los ojos abiertos: Algo, creo, empezó a ocurrir, aunque no sé qué ni cuándo, pero dejé de tener respuestas. ¿Qué fui? ¿Qué seré? Me sentí vacío en el camino, y en algún punto olvidé quién soy. ¿Dejé de ser? ¿Qué dejé de ser? ¿Dejé de saber qué era? Algo tuvo que pasar.
Si salgo y miro al escenario, solo voy a encontrar esa cinta despegada que marcaba mi lugar en el mundo. Hoy solo queda esa añoranza seca de lo que logré.
Fulano: ¿No lo ves? Sos como Ícaro al volar.
NADIE: Me alegra. Al final, su nombre fue recordado.
Fulano: ¿Y de qué le sirvió, si al final murió?
NADIE: Murió sintiéndose un dios.
Fulano: Murió queriendo imitar a lo que llamaban «Dios».Mis zapatos golpean el piso cada vez más rápido, buscando un lugar que ya no está marcado para mí, y mientras tanto la mente golpea todavía más fuerte y no encuentra nada. Me ahogo dentro de mi propio razonamiento: si todos me van a olvidar, entonces ni siquiera van a recordar mi nombre. ¿Y si el nombre es lo único que separa lo que hice de lo que soy?
Alguien sin nombre solo es un desconocido gesticulando en la oscuridad. Y aquellos a los que llamamos dioses solo son esos nombres que los de nuestro tipo enaltecen.
NADIE: ¿Entonces quién fui?
Fulano: Nunca dijeron cómo te llamabas.
NADIE: Estaba en el cartel.
Fulano: ¿Aquel que ya arrancaron de la pared?
¿El cartel decía quién era yo o solo decía lo que quería ser? Hasta hoy no sé bien qué buscaba subiendo allí. ¿Era mi sueño o era solo una forma de no sentirme vacío? Capaz nunca me importó dejar algo marcado. Capaz solo necesitaba, aunque sea por un rato, dejar de sentir que no era nada.
Las huellas se borraron mientras yo seguía parado sobre ellas. Y si nadie encuentra ese rastro, ¿fui alguna vez el director de mi vida o solo seguí un guion?
Me convertí en alguien tan desesperado por el aplauso que se olvidó de preguntarse quién sería antes de lograr serlo.El escenario ya no es mío. Donde estaba mi nombre ahora hay otro. Y todavía no sé si lo que más me duele es que el mundo siga sin mí o no poder terminar yo mismo esa frase: Fui yo.
Fulano: ¿Y bien? ¿La vas a terminar, o te vas a quedar ahí, sin nombre, para siempre?
Fui yo quien lo intentó, quien se animó a subir. Fui yo quien luchó para conseguirlo. Fui yo aquel que no sabe si tuvo el talento, pero simplemente evitó bajar los brazos. Y si nadie sabe quién fui, solo me basta con gritar mi nombre al viento y esperar que el eco me lo recuerde. Más allá de los fracasos, más allá de mis lágrimas, fui yo quien lo logró por un instante.
Mi nombre es…
Hay historias que se niegan a morir. Ellas también saben lo catastrófica que puede ser la muerte cuando se convierte en sinónimo de olvido. Por eso, algunas se aferran a las palabras, a las voces que las pronuncian y a las memorias que las mantienen vivas. Porque, aunque el tejido se desvanezca y el cuerpo vuelva a la tierra, hay algo del alma que se resiste a desaparecer: una huella eterna que el tiempo jamás podra borrar.
Por eso, musa, guíame. Dame las palabras capaces de hacerle trampa al tiempo. Que este texto tenga, aunque sea por un instante, la inmortalidad de mi alma. Que aquello que escriba pueda sobrevivirme, encontrar otros ojos, otras voces, otras memorias. Porque quizás escribir sea también eso: entregarme a aquella divinidad que me ayude a trascender.
Este miedo al olvido azotó incluso a los antiguos, tan fuerte y tan humano como el deseo de desafiar al tiempo. Los griegos lo llamaron kleos: la gloria que permanece cuando quien la conquistó ya no está. Era reírse de la muerte, aceptar que nuestro cuerpo le pertenece, pero reconocer que nuestra alma jamás se rendirá a ella, porque habrá dejado algo de sí en las cosas que hicimos, en las historias que contamos y en las huellas que dejamos.
Quizás toda nuestra obsesión con la fama nazca de ese mismo impulso: ser vistos, ser nombrados, conseguir que nuestra existencia deje de ser anónima. Queremos hacerle trampa al tiempo, pero la fama termina, y con ella los aplausos, las luces y las miradas. Cuando todo eso desaparece, queda aquello que verdaderamente puede permanecer: la huella.
Una huella no es necesariamente la marca que queda cuando aquello que la produjo ya no está. También puede nacer mientras seguimos caminando, en las palabras que pronunciamos, en las personas que conocemos y en las vidas que, de alguna manera, conseguimos transformar. Quizás por eso la inmortalidad no consiste en permanecer intactos, sino en aceptar que, para trascender, algo de nosotros tiene que transformarse.
Una canción puede convertirse en refugio para alguien que nunca conocimos. Una historia puede darle a otro el valor para continuar. Una obra puede modificar para siempre la mirada de quien la contempla. Algo de nosotros se desprende y comienza a vivir en otro lugar, en otra voz, en otra memoria.
Tal vez ahí comienza la verdadera eternidad: en ese instante que dejamos de ser exactamente quiénes éramos y nos convertimos en aquello que provocamos. Porque cuando algo de nuestra vida consigue habitar en la del otro, deja de ser únicamente nuestro. Ya no nos pertenece del mismo modo, pero tampoco desaparece. Se transforma.
Y quizás ahora entendemos que nunca hubo una fuerza externa a la que pedirle que nos salvara del olvido. No había ninguna musa esperando dictarnos las palabras correctas, ninguna divinidad capaz de concederos la eternidad. Siempre fuimos nosotros.
Nosotros, con este deseo absurdo y profundamente humano de permanecer. Nosotros, buscando las palabras, creando las historias, dejando marcas, amando, siendo amados. Nosotros, intentando que algo de lo que fuimos consiga atravesar el tiempo.
Y es cuando comprendemos que tal vez la musa nunca fue otra cosa que esa necesidad. Esa parte de nosotros que se niega a desaparecer.
Entonces todo nos pertenece. La huella, la palabra, la memoria, la obra, el amor que dejamos en otros. No porque podamos poseer aquello que provocamos, sino porque alguna vez fuimos el origen de algo que consiguió continuar sin nosotros.
Quizás no se trate de alcanzar la inmortalidad, sino de comprender que ya participamos de ella cada vez que algo nuestro permanece en alguien más.
Siempre fuimos nosotros. Siempre fuimos la musa: esa parte nuestra que se niega a desaparecer.
Mientras, el tiempo hará lo único que sabe hacer: pasar. Se llevará nuestros nombres, nuestros cuerpos, nuestras voces. Pero no todo. Porque algo nuestro quedará viviendo en otros. Y quizás eso sea la verdadera inmortalidad: no vencer al tiempo, sino dejarle algo que no pueda llevarse.