Háblame, musa, de aquella emoción que movió montañas. Tú que conoces el principio de todas las historias, que has visto nacer imperios y caer ciudades, que fuiste testigo de hombres que partieron hacia lo desconocido y de mujeres cuyo nombre fue suficiente para cambiar el curso de una guerra, cuéntame ahora de aquello que comenzó cuando nadie imaginaba todavía hasta dónde podía llegar.
Porque toda gran historia tiene un instante primero. Un momento pequeño, casi insignificante, en el que todavía no hay hazaña, ni gloria, ni aplausos. Solo una idea. Una chispa. Una inquietud que aparece sin pedir permiso y empieza a crecer hasta ocuparlo todo.
Tú estabas allí.
Viste cómo, detrás de un telón que todavía permanecía cerrado, alguien se atrevió a imaginar el escenario. Viste las primeras palabras convertirse en conversaciones, las conversaciones en planes y los planes en algo que ya no podía detenerse. Viste cómo una emoción, de esas que no saben explicarse pero sí reconocerse, empezó a reunir voluntades.
Y fuiste tú quien sopló sobre esa primera chispa. No para decirles qué hacer, sino para recordarles que podían hacerlo. Porque las musas no crean las historias. Las despiertan. Son culpables de los comienzos y testigos de sus consecuencias. Están allí cuando todavía nadie aplaude, cuando las luces permanecen apagadas y el escenario parece demasiado grande para quienes se animan a ocuparlo por primera vez.Esta vez, tú también fuiste culpable. Culpable de una idea que se volvió deseo. Del deseo que se convirtió en movimiento. Y del movimiento que, sin saberlo, estaba a punto de convertirse en historia.
Quizás así comienzan todas las grandes historias: no con una certeza, sino con alguien dispuesto a creer que aquello que todavía no existe merece existir.
Los antiguos tenían héroes, dioses y guerras. Nosotros tuvimos una emoción. Y fue suficiente.
Porque hay emociones capaces de atravesar el tiempo, de reunir desconocidos, de transformar una hoja en blanco en un escenario y de conseguir que quienes alguna vez fueron espectadores decidan convertirse en protagonistas.
Tú lo sabes, musa. También sabes que hay ideas que nacen pequeñas y, sin que nadie pueda explicar exactamente cómo, empiezan a crecer. Ideas capaces de atravesar el miedo, reunir voluntades y convertir aquello que parecía imposible en algo que finalmente sucede. Ideas que no necesitan ser grandes desde el comienzo, porque basta con que alguien crea en ellas para ponerlas en movimiento.
Así que háblame. Cuéntame qué ocurrió cuando el telón todavía estaba cerrado. Cuando nadie conocía el final. Cuando apenas comenzaba el primer acto. Cuéntame de aquella emoción que, sin hacer ruido, movió montañas.
REDACCIÓN Camila Villagra Russo | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Morena Mora
La pasión aparece antes de que sepamos reconocerla. Al principio no tiene nombre. Se presenta como una curiosidad que despierta sin avisar, por lo que consigue nuestra atención por más tiempo de lo esperado. No sabemos todavía qué estamos sintiendo, solo advertimos que hay algo diferente, algo que empieza a despertar y nos invita a acercarnos.
Quizás la pasión no se manifiesta de golpe como una certeza, sino como una inquietud que empieza a crecer. Primeramente es apenas un interés: queremos probar, conocer, descubrir qué hay detrás de aquello que nos atrae. Después comenzamos a dedicarle tiempo casi sin darnos cuenta. Una tarde frente a un libro, una canción, una cancha, una cámara, una hoja llena de palabras. El tiempo cambia de ritmo y, cuando levantamos la mirada, descubrimos que estuvimos completamente ahí.
Entonces empezamos a observarnos. ¿Qué tiene esto que consigue ocupar tanto de mí? Tal vez la respuesta esté en lo que comienza a sucedernos mientras lo hacemos. Aparecen las ganas de aprender, de mejorar, de encontrar otra manera. Incluso, cuando algo sale mal, queda esa necesidad de comprender qué faltó. La dificultad ya no es solamente un obstáculo: también se convierte en una oportunidad para descubrir hasta dónde podemos llegar.
Y es ahí cuando la sensación adquiere otra intensidad. Ya no alcanza con que algo nos guste. Hay algo que nos mueve, que despierta nuestra imaginación y nos hace crecer. Puede suceder en el deporte, en el estudio, en la música, en la escritura, en el arte o en cualquier actividad que consiga conectarnos profundamente con lo que hacemos. Resuenan como una melodía que conocemos de memoria, incluso cuando hace tiempo que no la escuchamos. Poco a poco, aquello que hacemos empieza a tener un porqué. Aparece una dirección, aunque todavía no exista un destino definido. Una curiosidad puede convertirse en búsqueda y una búsqueda, en un camino. Mientras avanzamos, empezamos a descubrir que no solamente estamos mejorando técnicamente en lo que elegimos: también estamos aprendiendo sobre nosotros mismos, sobre lo que queremos, lo que podemos sostener y aquello por lo que estamos dispuestos a esforzarnos.
También entendemos que no todo lo valioso necesita ser visto. Existen horas de práctica, errores, páginas tachadas y pequeños avances que nadie conoce. Sin embargo, nos da algo que ninguna mirada externa puede reemplazar: sentido. Quizás sea esa una de las primeras señales de que aquello que comenzó como una inquietud está convirtiéndose en algo más profundo.
Descubrir una pasión no parece suceder en un único instante. Se construye entre pruebas, dudas, entusiasmo y descubrimientos. Primero sentimos curiosidad, después aparece la necesidad de conocer más, luego llega el esfuerzo y, con él, el deseo de continuar; hasta que un día miramos hacia atrás y reconocemos algo que siempre estuvo creciendo.
Y quizás lo más conmovedor sea eso: descubrir que la pasión no estaba esperando a ser encontrada, sino que estaba naciendo mientras nosotros aprendíamos a sentirla. No sabemos todavía hasta dónde puede llevarnos. Solo sabemos que una luz empezó a brillar y por alguna razón queremos seguirla.
REDACCIÓN Victoria Méndez | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Morena Mora
La idea del teatro nace del deseo de transformar la realidad y dejar una huella, pero, cuando no podemos materializarla como queremos…, ¿se vuelve una mala idea?
El inicio se define como el nacimiento de un proceso, evento o período. ¿Cuántas veces nos sentimos perdidos al principio del camino? Nos da la impresión de no poder avanzar porque nos sentimos solos, con miedo, sin confianza, pensando si somos capaces de tener ideas tan buenas que logren ver la luz.
Somos humanos con emociones catastróficas en nuestro interior. Planteamos el peor escenario pensando en la oscuridad, cuando nuestro alrededor está lleno de reflectores iluminando a más no poder.
Y…, ¿qué pasa cuando alguien cree en nosotros? Nos sentimos imparables para poder creer que vamos hacia donde nadie ha podido llegar, pero solo es eso, alguien que tiene fe en nosotros. Sin embargo, quien tiene el poder de decidir pararse en el medio del escenario y esperar a que las luces se enciendan, somos nosotros mismos.
¿Acaso no somos nosotros los únicos capaces de elegir el camino y mantener el paso firme hacia adelante? ¿No somos la persona a la que tiene que seguir ese único reflector encendido al inicio, en el nacimiento de nuestro proceso?
REDACCIÓN Constanza Hernandez | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Dámaris Ramos