Bienvenidos al Manual no oficial de la fama para entender cómo alguien termina siendo conocido por todos: una pequeña clasificación de esas criaturas que habitan el extraño territorio de ser conocido. Hay quienes nacen cerca de los reflectores, quienes corren hacia ellos, quienes son preparados para llegar y quienes simplemente estaban en el lugar perfecto cuando el mundo decidió mirar.

Fenómeno extraño, brillante y, a veces, peligroso. Puede construirse durante años o aparecer en cuestión de segundos. Convierte nombres en conversaciones, rostros en imágenes repetidas y vidas privadas en asuntos públicos. Todos parecen reconocerla cuando aparece, pero nadie termina de saber exactamente cómo funciona.

Persona que recibe, junto con un apellido, una puerta entreabierta hacia la atención pública. Antes de hacer algo, alguien ya pregunta quién es. Antes de presentarse, su historia viene acompañada de una referencia familiar. Pero heredar la atención no significa necesariamente conservarla. El desafío aparece cuando el apellido deja de ser suficiente y llega el momento de construir una identidad propia.

Figura cuya fama es pensada, diseñada y construida. Imagen, estilo, narrativa y apariciones pueden formar parte de una estrategia. Una empresa, una productora o una industria identifica una posibilidad y comienza a construir un personaje capaz de captar miradas. ¿Es menos auténtica una fama construida? Esa es la gran pregunta. Después de todo, incluso la espontaneidad puede convertirse en una estrategia. Detrás de una persona visible existe muchas veces un equipo invisible trabajando para convertirla en alguien imposible de ignorar.

Persona que no necesariamente buscó ser famosa, pero cuyo talento termina llamando demasiado la atención como para pasar desapercibido. Puede evitar cámaras y etiquetas, pero algo en ella sobresale. Paradójicamente, cuanto menos intenta agradar, más curiosidad genera. Su fama no fue fabricada ni heredada; simplemente llegó porque su talento hizo demasiado ruido.

Persona que alcanza notoriedad sin haberla planeado. Una frase, una imagen o un momento inesperado puede colocarla frente a millones de ojos de un día para otro. El accidente abre la puerta; el verdadero desafío es descubrir qué hacer después con toda esa atención.

En resumen, así lo explica este extraño diccionario: la fama puede heredarse, resistirse, fabricarse o aparecer por casualidad. Puede ser una escalera, una estrategia, una explosión o simplemente un momento inesperado. No existe una única fórmula para llegar a esos famosos quince minutos en los que todo el mundo parece mirar hacia el mismo lugar. 

Pero quizás la pregunta más interesante no sea cómo se consigue la fama, sino qué hacemos cuando finalmente llega. Porque la fama puede convertir a cualquiera en una conversación. Lo difícil es saber cuánto tiempo dura esa conversación.

REDACCIÓN Victoria Méndez y Florencia Zigarán | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Marcos Casimiro

Hay momentos que parecen esperarnos durante toda una vida. Instantes que alguna vez imaginamos a solas, cuando nadie sabía nuestro nombre y solo existía la certeza de que algún día queríamos estar ahí.

Y entonces, las luces se encienden.

El escenario se llena de brillo. Los flashes aparecen, las miradas se encuentran y los aplausos empiezan a crecer. Por un instante, no existe nada más. Estás ahí, en el centro, sintiendo que ese lugar finalmente es tuyo.

La fama tiene algo de irreal. Es escuchar tu nombre en boca de otros, sentir que te reconocen y descubrir que, por fin, todas esas miradas están sobre vos. Es el vértigo de ser visto, pero también el placer de disfrutarlo. De dejarse llevar por las luces, por la música, por los aplausos y por esa sensación de que este momento te pertenece.

No hay dudas ni silencios. Solo el escenario, las luces en la cara y esa felicidad difícil de explicar cuando finalmente estás donde siempre quisiste estar.

Quizás esos sean los quince minutos de fama: un instante suspendido en el tiempo, en el que el mundo entero parece detenerse para mirarte.

Y vos, por fin, sonreís.

REDACCIÓN Agostina G. y Martina J. | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Nazaret Sanchez

Hay una cuenta que nunca se cierra: la de los aplausos. Cada uno dura diez segundos, y enseguida hace falta el siguiente. Y es en esa pequeña acción que arranca la adicción más silenciosa que conocí.

Es algo natural querer ser admirado. El problema empieza cuando esa mirada deja de acompañar lo que hacés y pasa a ser la razón por la que lo hacés. Y no hace falta un escenario para reconocerlo: alcanza con haber querido, aunque sea una vez, que alguien te diga que estás haciendo las cosas bien.

La fama, en su punto más alto, funciona como cualquier otro vicio: lo que ayer te llenaba como un comentario, un «bravo» desde algún rincón, hoy apenas alcanza. Necesitás un poco más. Un escenario más grande, un discurso más largo, un aplauso más duradero. Y en el medio, algo se empieza a escapar sin que lo notes: ya no sabés si lo hacés por vos o por ellos.

Hay algo casi teatral en esa mecánica, aunque no haya telón: el aplauso siempre funcionó así, desde el actor que sale a saludar hasta el que hoy junta reacciones en una pantalla. 

Cualquier persona en la cúspide de su fama deja de tener un solo escenario y empieza a tenerlos todos al mismo tiempo. Y ahí es donde la cima deja de ser un logro puntual, para convertirse en una exigencia constante, un estado que hay que sostener función tras función, como quien pedalea una bicicleta que no puede parar sin caerse. Hay quienes, en lugar de temerle a esa bicicleta, deciden directamente no bajarse nunca. Moria Casán es, quizás, el ejemplo más elocuente de esa decisión: una figura que eligió vivir y hacer de su vida una obra permanente.

«Yo quiero ser inmortal».
Moria Casán

Ese deseo de trascender es, en el fondo, el deseo de que el aplauso nunca se corte. Y ahí aparece automáticamente la pregunta que en el fondo todos evitamos: ¿Aplaudimos a la persona o aplaudimos al personaje que nos entretiene?

En la cima nadie te pregunta cómo estás; te preguntan cuándo llegará el próximo éxito o hit. Todos quieren la versión que ya aprendieron a aplaudir, la que mejor entretiene, la que menos incomoda. Lo raro es cuando alguien logra que el aplauso siga siendo para la persona real, y no solo para el personaje. Es lo que la misma Moria dijo alguna vez sobre Lali Espósito: «Es una gladiadora, es genuina, tiene verdad, es muy luminosa».

Hace falta haber vivido bajo esa lupa para reconocer cuándo alguien logra atravesarla sin perderse. Que se vea a alguien «genuino» y «con verdad» en pleno pico de su carrera es la excepción, no la regla: la mayoría fabrica una versión pulida de sí mismos para sobrevivir al aplauso. Tal vez esa sea la verdadera hazaña de la cima y no la cantidad de aplausos que se reciben. ¿Cuánto de uno mismo sigue estando ahí cuando terminan? ¿Qué pasará después de eso?

Aunque cambien los nombres, las décadas o los escenarios, el patrón se repite porque el mecanismo es el mismo: alguien descubre que puede llenar un vacío con la mirada ajena, y esa mirada, generosa al principio, termina exigiendo cada vez más presencia, más entrega, más versión pública de uno mismo.

Nadie avisa que la fama no llega con un manual ni con un botón de pausa. Se aprende sola, a los golpes cuando el cuerpo ya está acostumbrado a necesitar ruido para sentirse tranquilo, y el silencio, que antes era simplemente silencio, hoy se siente como una amenaza.

El aplauso tapa todo. Tapa hasta las ganas de hacerse preguntas sobre lo que vendrá después. Pero hay una frase que alguna vez me dijeron y que insiste en volver justo cuando el ruido es más fuerte: «No se vive de los aplausos». Y quizás, ese sea el verdadero desafío de estar en la cima: no perder de vista que, cuando se apague el último, algo tiene que seguir de pie.

REDACCIÓN Valentina Quino | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima FLor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Nazaret Sanchez

No tuve nada. De la noche a la mañana, con todo el esfuerzo y apoyo, tuve todo. 

Empezar de cero, con el público en contra, con los críticos encima mío, pendientes de cada error. Seguir con el apoyo de unos cuantos, quienes creen en lo que hago, con el respaldo de quienes saben en lo que estamos envueltos.

Poco a poco, con más sostén, la gente paga por ver mi creación, y el respaldo es cada vez más grande. Creo que ahora me puedo considerar una profesional en dominar la ilusión, en crear un escape de la cotidianeidad, en hacer reir a las personas, en crear nuevos actos todas las noches, en mostrarle al público talentos ocultos y en endulzar los oídos de los espectadores con grandes cantantes, pero…

¿El apoyo sigue siendo el mismo? ¿Las personas que me apoyaron desde el principio lo siguen haciendo? ¿Con la misma convicción? 

El temor que invade mi cabeza cuando llego a casa y comparto momentos cortos con mi familia en almuerzos o cenas, es que el “personaje público” termine devorando a la persona real. 

Porque, al dar por sentado el cariño de los míos y ausentarme en eventos importantes, me convierto en lo que no esperé: una mina adicta a lo que hace, incapaz de frenar para mirar a quienes estuvieron desde el primer día. Tengo miedo de estar perdiéndome dentro de lo que construí con mis propias manos y todo eso…, ¿por qué? ¿Por quince minutos de fama?  

Tengo en claro que mi miedo no es al éxito, porque puedo considerarme exitosa, el miedo es a perder mi esencia, la chispa que me llevó a donde estoy y olvidar quién soy y a quién me acompañó en todo el proceso, con sus altos y bajos, con sus idas y vueltas.

REDACCIÓN Valentina Quino | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima FLor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Nazaret Sanchez

REDACCIÓN Valentina Quino | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima FLor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Nazaret Sanchez

¿Existe una fórmula exacta para superar los “15 minutos de fama” y mantenerse en la cima durante décadas? En un mundo acelerado, muy pocos logran brillar de manera constante. Sin embargo, no hace falta buscar demasiado para encontrar dos ejemplos indiscutibles: Lionel Messi y LeBron James.
A sus 39 y 41 años, respectivamente, estos atletas no solo siguen compitiendo al máximo nivel en el fútbol y el básquetbol, sino que continúan ganando títulos, rompiendo récords y dominando la atención de los medios internacionales.

Pero, ¿cómo se logra permanecer entre los mejores año tras año en disciplinas tan exigentes? ¿Es solo talento natural o hay algo más?

Analizando sus trayectorias profesionales, la respuesta no reside en un «don divino», sino en tres pilares fundamentales: trabajo duro, capacidad de adaptación y pasión genuina.

«Podés tener talento, pero el talento solo no llega a ningún lado».

Esta frase la pronunció el joven Gran Maestro de ajedrez Faustino Oro durante una entrevista con PerfilTV. Al ser consultado sobre el secreto de su éxito a los 12 años, reveló que entrena seis horas diarias.
Incluso para los elegidos, la disciplina es innegociable. Tener una habilidad nata es solo el punto de partida; el verdadero desafío es pulirla día a día mediante la práctica constante.

Es imposible imaginar a Messi jugando en la actualidad con el mismo despliegue físico de sus inicios. Lo que distingue a las leyendas es su habilidad para transformar su estilo de juego a medida que envejecen.

Lionel Messi: Pasó de ser un extremo explosivo y un imparable «falso 9» a convertirse en el mejor creador de juego (playmaker) del mundo, administrando sus recorridos y leyendo el partido desde el mediocampo.

LeBron James: Evolucionó de ser un alero basado en clavadas e hiperpotencia física a desarrollar un tiro exterior altamente eficiente y una inteligencia táctica privilegiada.

En lugar de añorar el pasado, ambos convirtieron el envejecimiento en una oportunidad para seguir rindiendo al máximo y seguir aportando un valor diferencial a sus equipos.

Cuando una persona logra trabajar de lo que ama, el esfuerzo se transforma en disfrute. Ese goce no solo hace sostenible la carrera en el tiempo, sino que eleva la calidad del resultado final. Escuchar esa vocación profesional es, muchas veces, el motor más potente para construir una trayectoria longeva y trascendente.

Estos tres pilares —disciplina, adaptación y pasión— no solo explican la vigencia de Messi y LeBron; también definen la historia de la «Revista 5A», que alcanza sus 15 años de edición continua.

Trabajo duro en equipo: Coordinar entre las carreras de Diseño Gráfico y Comunicación Social exige horas de debate, reuniones y ajustes de criterio para lograr una publicación de calidad.

Adaptación constante: A lo largo de década y media, la revista ha sabido transformar sus formatos y procesos frente a los cambios de época, manteniéndose firme incluso ante un contexto tan desafiante como lo fue la pandemia.

Pasión editorial: Mantener un proyecto universitario con esta trayectoria solo es posible cuando hay vocación y amor por el proyecto.

Que un deportista juegue por muchos años o una revista lleve tantos años publicándose, no es pura casualidad: se construye día a día.

LIONEL MESSI Y LEBRON JAMES

¿Existe una fórmula exacta para superar los “15 minutos de fama” y mantenerse en la cima durante décadas? En un mundo acelerado, muy pocos logran brillar de manera constante. Sin embargo, no hace falta buscar demasiado para encontrar dos ejemplos indiscutibles: Lionel Messi y LeBron James.

A sus 39 y 41 años, respectivamente, estos atletas no solo siguen compitiendo al máximo nivel en el fútbol y el básquetbol, sino que continúan ganando títulos, rompiendo récords y dominando la atención de los medios internacionales.

Pero, ¿cómo se logra permanecer entre los mejores año tras año en disciplinas tan exigentes? ¿Es solo talento natural o hay algo más?

Analizando sus trayectorias profesionales, la respuesta no reside en un «don divino», sino en tres pilares fundamentales: trabajo duro, capacidad de adaptación y pasión genuina.

PRIMER PILAR:

«Podés tener talento, pero el talento solo no llega a ningún lado».

Esta frase la pronunció el joven Gran Maestro de ajedrez Faustino Oro durante una entrevista con PerfilTV. Al ser consultado sobre el secreto de su éxito a los 12 años, reveló que entrena seis horas diarias.

Incluso para los elegidos, la disciplina es innegociable. Tener una habilidad nata es solo el punto de partida; el verdadero desafío es pulirla día a día mediante la práctica constante.

 

SEGUNDO PILAR:

Es imposible imaginar a Messi jugando en la actualidad con el mismo despliegue físico de sus inicios. Lo que distingue a las leyendas es su habilidad para transformar su estilo de juego a medida que envejecen.

Lionel Messi: Pasó de ser un extremo explosivo y un imparable «falso 9» a convertirse en el mejor creador de juego (playmaker) del mundo, administrando sus recorridos y leyendo el partido desde el mediocampo.

LeBron James: Evolucionó de ser un alero basado en clavadas e hiperpotencia física a desarrollar un tiro exterior altamente eficiente y una inteligencia táctica privilegiada.

En lugar de añorar el pasado, ambos convirtieron el envejecimiento en una oportunidad para seguir rindiendo al máximo y seguir aportando un valor diferencial a sus equipos.

TERCER PILAR:

Cuando una persona logra trabajar de lo que ama, el esfuerzo se transforma en disfrute. Ese goce no solo hace sostenible la carrera en el tiempo, sino que eleva la calidad del resultado final. Escuchar esa vocación profesional es, muchas veces, el motor más potente para construir una trayectoria longeva y trascendente.

LECCIONES DE PERMANENCIA APLICADAS

1. Estos tres pilares —disciplina, adaptación y pasión— no solo explican la vigencia de Messi y LeBron; también definen la historia de la «Revista 5A», que alcanza sus 15 años de edición continua.

2. Trabajo duro en equipo: Coordinar entre las carreras de Diseño Gráfico y Comunicación Social exige horas de debate, reuniones y ajustes de criterio para lograr una publicación de calidad.

3. Adaptación constante: A lo largo de década y media, la revista ha sabido transformar sus formatos y procesos frente a los cambios de época, manteniéndose firme incluso ante un contexto tan desafiante como lo fue la pandemia.

4. Pasión editorial: Mantener un proyecto universitario con esta trayectoria solo es posible cuando hay vocación y amor por el proyecto.

5. Que un deportista juegue por muchos años o una revista lleve tantos años publicándose, no es pura casualidad: se construye día a día.