Hay historias que se niegan a morir. Ellas también saben lo catastrófica que puede ser la muerte cuando se convierte en sinónimo de olvido. Por eso, algunas se aferran a las palabras, a las voces que las pronuncian y a las memorias que las mantienen vivas. Porque, aunque el tejido se desvanezca y el cuerpo vuelva a la tierra, hay algo del alma que se resiste a desaparecer: una huella eterna que el tiempo jamás podra borrar.
Por eso, musa, guíame. Dame las palabras capaces de hacerle trampa al tiempo. Que este texto tenga, aunque sea por un instante, la inmortalidad de mi alma. Que aquello que escriba pueda sobrevivirme, encontrar otros ojos, otras voces, otras memorias. Porque quizás escribir sea también eso: entregarme a aquella divinidad que me ayude a trascender.
Este miedo al olvido azotó incluso a los antiguos, tan fuerte y tan humano como el deseo de desafiar al tiempo. Los griegos lo llamaron kleos: la gloria que permanece cuando quien la conquistó ya no está. Era reírse de la muerte, aceptar que nuestro cuerpo le pertenece, pero reconocer que nuestra alma jamás se rendirá a ella, porque habrá dejado algo de sí en las cosas que hicimos, en las historias que contamos y en las huellas que dejamos.
Quizás toda nuestra obsesión con la fama nazca de ese mismo impulso: ser vistos, ser nombrados, conseguir que nuestra existencia deje de ser anónima. Queremos hacerle trampa al tiempo, pero la fama termina, y con ella los aplausos, las luces y las miradas. Cuando todo eso desaparece, queda aquello que verdaderamente puede permanecer: la huella.
Una huella no es necesariamente la marca que queda cuando aquello que la produjo ya no está. También puede nacer mientras seguimos caminando, en las palabras que pronunciamos, en las personas que conocemos y en las vidas que, de alguna manera, conseguimos transformar. Quizás por eso la inmortalidad no consiste en permanecer intactos, sino en aceptar que, para trascender, algo de nosotros tiene que transformarse.
Una canción puede convertirse en refugio para alguien que nunca conocimos. Una historia puede darle a otro el valor para continuar. Una obra puede modificar para siempre la mirada de quien la contempla. Algo de nosotros se desprende y comienza a vivir en otro lugar, en otra voz, en otra memoria.
Tal vez ahí comienza la verdadera eternidad: en ese instante que dejamos de ser exactamente quiénes éramos y nos convertimos en aquello que provocamos. Porque cuando algo de nuestra vida consigue habitar en la del otro, deja de ser únicamente nuestro. Ya no nos pertenece del mismo modo, pero tampoco desaparece. Se transforma.
Y quizás ahora entendemos que nunca hubo una fuerza externa a la que pedirle que nos salvara del olvido. No había ninguna musa esperando dictarnos las palabras correctas, ninguna divinidad capaz de concederos la eternidad. Siempre fuimos nosotros.
Nosotros, con este deseo absurdo y profundamente humano de permanecer. Nosotros, buscando las palabras, creando las historias, dejando marcas, amando, siendo amados. Nosotros, intentando que algo de lo que fuimos consiga atravesar el tiempo.
Y es cuando comprendemos que tal vez la musa nunca fue otra cosa que esa necesidad. Esa parte de nosotros que se niega a desaparecer.
Entonces todo nos pertenece. La huella, la palabra, la memoria, la obra, el amor que dejamos en otros. No porque podamos poseer aquello que provocamos, sino porque alguna vez fuimos el origen de algo que consiguió continuar sin nosotros.
Quizás no se trate de alcanzar la inmortalidad, sino de comprender que ya participamos de ella cada vez que algo nuestro permanece en alguien más.
Siempre fuimos nosotros. Siempre fuimos la musa: esa parte nuestra que se niega a desaparecer.
Mientras, el tiempo hará lo único que sabe hacer: pasar. Se llevará nuestros nombres, nuestros cuerpos, nuestras voces. Pero no todo. Porque algo nuestro quedará viviendo en otros. Y quizás eso sea la verdadera inmortalidad: no vencer al tiempo, sino dejarle algo que no pueda llevarse.
REDACCIÓN Camila Villagra Russo | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Nazaret Sanchez