¡Bam! Cayó el telón y ahora los aplausos se convierten en gotas de lluvia repiqueteando por la ventana. Hay algo que los labios no quieren decir, pero que la mente si se anima a formular: ¿Y ahora, qué?

La respuesta  no es salir corriendo a buscar un trabajo o emprender otra meta. Es la calma y el silencio que evitamos en una  sociedad hiperconectada. A esta enfermedad del siglo XXI se la conoce como ‘almafobia’: el miedo a mirar y habitar nuestro propio interior.

¿Por qué tendemos, casi por inercia, a llenarnos de actividades y metas? ¿Por qué huímos de aquellos estados de aburrimiento y aparente improductividad? Para el filósofo Byung Chul-Han esto ocurre debido a una obsesión de la sociedad por la hiperactividad, el ruido digital y esa sensación de que está prohibido bajarse de la montaña rusa. 

Nos programamos para una performance constante, el scroll infinito y esa necesidad de que todo sea perfecto y documentado. Mientras que la hoja en blanco, la lluvia de ideas que nacen y mueren en un tachón y el descanso se viven como un guión absurdo.

¿Cómo puedo intuirlo? Porque me volví una experta en postergar mis propias pasiones. Escribir, leer, sacar fotos o tomarme un café con mi propia compañía suelen quedar en la sala de espera. Disfrutar se vuelve culposo porque siempre hay una  excusa nueva  que alimenta la exigencia: el trabajo, una tesis por terminar, cursar las últimas materias. Vivo una contradicción constante: querer que todo pase rápido y, a la vez, desear que no. 

 «Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta», dice Carl Jung en medio de esta vorágine. Pero mirar hacia adentro exige detener la marcha y atravesar la propia sombra de todo eso que ocultamos debajo del bullicio de los millones de reels que coleccionamos por si un día los necesitamos para inspirarnos. A veces, el tiempo es tirano y no espera hasta que nazca el famoso «Eureka!».

Quienes entramos en este juego o dependemos de un hilo creativo, nos atraviesa un maremoto de inseguridades  y terminamos cediendo nuestra esencia o reduciendo nuestro proceso a un prompt o a hooks alimentando aquella sociedad de la que habla Byung Chul-Han.

El problema no es el uso de la tecnología o la aparente exigencia de los demás hacia nosotros. Es la mirada esquiva que tenemos sobre nuestras imperfecciones: una palabra que no encaja, una mancha que debía ser una obra maestra, una foto que debía tener nuestro mejor ángulo o esta misma nota buscando certezas. Y está bien no tenerlo todo resuelto al instante ni apurarte en ser vos quien suba al escenario primero porque en la imperfección habita la identidad, esa bolita de estambre invisible que hila todo lo que somos.

Tomarnos un descanso y habitar la quietud no es un capricho ni un tiempo perdido; es el abrazo que nuestra propia voz necesita. Es el silencio que le permite al proceso creativo respirar sin la prisa de la siguiente meta.

Cuando la función termina y las luces se apagan, vencer  la almafobia es regalarnos la pausa, apagar la pantalla y recordar que el arte y las ideas no corren detrás de una entrega ni son un cálculo. Nacen de quien se atreve a habitar su propio silencio para encontrarse con el ‘yo’ del proceso.

REDACCIÓN Emilia Rodriguez | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Dámaris Ramos

La foto dura menos de un minuto al igual que el diploma en la mano, los abrazos, los aplausos, la sonrisa para la cámara… Durante años imaginaste el momento, y un día llega.

Después de tanto estudiar, trabajar, esperar y ahí está, lo lograste. Te recibiste o conseguiste ese trabajo que tanto querías.

Mirás a tu alrededor y todos te felicitan. En redes subís la foto y arrancan los mensajes. Algunos contestás, otros no; sonreís un poco y también suspiras. El outfit que habías preparado para ese día ya cumplió su rol, y ya no se ve tan lindo.

Si  las revoluciones bajan una vez todos se van a dormir, aparece la pregunta que no querías que venga a tu cabeza: ¿Qué sigue? 

Hay algo extraño al terminar, o al menos no se siente bien. Te das cuenta que, durante años, la única misión fue avanzar hacia ese momento. El objetivo estaba claro, el esfuerzo tenía un sentido y siempre existía un «el día que suceda tal cosa». Pero, cuando sucede, no se siente tan bien como creías que iba a ser.

Describirlo es complicado, pero es una especie de pseudodepresión que te pasa incluso con cosas más pequeñas. Esperaste durante meses un viaje y, cuando finalmente llega, se termina demasiado rápido y no lo disfrutaste tanto. Pasaste semanas preparando un examen y, cuando lo aprobás, no valoras haberlo hecho. Trabajaste durante años para conseguir un título y, después del festejo, volvés a casa con una sensación de vacío incomprensible, aún para vos mismo.

Estás feliz, claro, pero… ¿Esperabas mucho más?

Vivís acostumbrado a mirar hacia adelante. «Cuando termines la carrera», «cuando consigas trabajo», «cuando te mudes», «cuando tengas más plata», «cuando tengas tu propia casa» , «cuando te compres tal cosa», «cuando logres tal otra». El presente parece convertirse en una especie de sala de espera hasta que algún día llegue aquello que creés que finalmente va a hacerte sentir realizado.

Pero entonces pasa y el futuro que esperabas se convierte en presente. Nadie te enseña demasiado sobre ese momento, nadie quiere hablar del tema. Fuiste criado para perseguir objetivos pero no necesariamente para convivir con la sensación que aparece cuando ya no tenés que perseguirlos. Después del logro puede aparecer el vacío, la incertidumbre, la falta de motivación o incluso cierta tristeza. Una especie de bajón posterior a la meta que no te permite disfrutar ni valorar lo que se consiguió.

Mucho tiene que ver con que creíste que el título te va a dar seguridad, que el ascenso te va a hacer sentir suficiente o que alcanzar determinada meta va a ordenarte todo lo demás y te va a dar la sensación que esperaste sentir.

Pero ningún logro puede resolver por completo la pregunta de qué haces con tu vida después.

Siempre necesitas más y más y nunca encontrás la satisfacción que buscabas, porque no importa qué tan grande sea el logro conseguido; nunca es suficiente.

Es fácil caer en el mecanismo de reemplazar una meta por otra. Terminar una carrera y empezar a pensar en el posgrado. Conseguir un trabajo y querer ascender. Alcanzar un objetivo y establecer inmediatamente el siguiente como si estuviera mal conformarse con algo…

Quizás por eso los 15 minutos de fama muchas veces no se sienten como imaginaste. El momento sucedió, recibiste los aplausos y te sacaste la foto, pero el momento de euforia dura poco. ¿Y es culpa tuya?

Las metas le dan un sentido a tu vida pero… ¿realmente todo debería girar en torno a ellas? Aprender a disfrutar también es parte del camino y de reconocer que un logro puede ser importante sin apresurarte a ir por lo que sigue; es un punto que no se puede evadir.

Quizás la pregunta no sea solamente «¿qué querés conseguir?», sino también «¿quién sos cuando ya lo conseguiste?».

Hay que aprender a habitar el después y mientras tanto disfrutar el momento sin caer en un bucle de insatisfacción constante. Esto pasa a ser trascendental. ¿Y si comenzás a darle importancia?

REDACCIÓN Melina Enriquez | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Morena Mora

Hoy puedo salir de mi casa sin que nadie me mire. Puedo caminar por la calle, sentarme en un restaurante o tener un mal día sin que eso le importe a demasiada gente. Nadie espera una foto y mi familia todavía puede llamarme por ese apodo que preferiría que el resto del mundo nunca conociera.

No soy famosa. Y, pensándolo bien, hay algo bastante lindo en eso.

Siempre imaginé la fama desde su lado más brillante: viajes, premios, escenarios, hoteles y miles de personas gritando mi nombre. ¿Quién no fantaseó alguna vez con una vida así? Pero cuanto más lo pienso, más me pregunto qué cosas de mi vida actual extrañaría si algún día dejara de ser una desconocida. Quizás serían justamente las más simples: salir sin pensar demasiado adónde voy, comer con mi familia, estar con mis amigos sin que exista una cámara cerca, volver a casa, ponerme ropa cómoda y no tener absolutamente nada urgente que hacer. En fin, cosas tan comunes que hoy ni siquiera parecen privilegios.

Tener una mesa reservada en el restaurante más exclusivo a mi nombre debe ser increíble… ¿Pero qué pasa si esa noche lo único que quiero es comer tranquila en mi casa?

Ahí aparece una contradicción que me resulta fascinante: pasamos gran parte de nuestra vida queriendo destacar, pero quizás, cuando finalmente todos miran, empezamos a valorar la posibilidad de pasar desapercibidos.

¿Y cómo se hace para que miles de personas te traten como alguien extraordinario sin terminar creyendo que sos más importante que los demás? Creo que ahí está una de las mayores dificultades de la fama: seguir siendo la misma cuando todos empiezan a decirte que sos especial.

No pienso en la humildad como una frase linda que hay que repetir cuando llega el éxito. La pienso como la capacidad de recordar que el reconocimiento o la admiración no te hacen más que los demás; que se puede caminar por una alfombra roja y seguir diciendo «gracias»; que la fama puede transformar muchas cosas sin modificar la manera en la que tratamos a quienes nos rodean.

Si algún día la fama llegara, sería absurdo pensar que mi vida seguiría exactamente igual. Cambiarían mis rutinas, mis oportunidades y seguramente también mi mundo. Pero me gustaría que esos cambios no significaran perder de vista quién soy y de dónde vengo.

Que el éxito sume, pero no cambie lo esencial. Que los viajes todavía dejen ganas de volver a casa. Que los premios convivan con las sobremesas. Que, entre tantas personas conociendo mi nombre, sigan existiendo algunas capaces de recordarme quién era cuando nadie lo sabía.

Tal vez conservar esa parte común y corriente sea justamente lo más difícil cuando todo alrededor empieza a decirte que sos extraordinaria. Poder seguir riéndome de las mismas cosas, escuchar a los demás, agradecer, reconocer mis errores y tratar a cada persona de la misma manera, tenga o no algo para ofrecerme.

Porque quizás el verdadero desafío de la fama no sea conseguir que todo el mundo sepa quién sos, sino lograr que, aun cuando todos conozcan tu nombre, sigas siendo alguien con quien los demás quieran estar. 

REDACCIÓN Florencia Zigarán | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Dámaris Ramos

El estruendo final de los aplausos se siente en el aire, el telón desciende cortando la luz de golpe. La intensidad penetrante de los reflectores se apaga y la sala se transforma, en solo un parpadeo, en un desierto de butacas vacías. Es el Acto IV. Los quince minutos de fama se han terminado, el tiempo se congela y un silencio denso y ruidoso te abraza. 

Atrás quedó el proceso, aquel laberinto de ensayos silenciosos, donde la presión se sentía como un privilegio. Hasta ayer, caminabas en el dulce anonimato por la multitud. Eras un cuerpo más cruzando el pasillo de la universidad, peatonales de la ciudad, alguien que podía tropezar, reír a destiempo o cometer un error sin que el eco del tropiezo resonara más allá de tus propios oídos.

Nos lanzamos convencidos por esta promesa: nos han dicho que el teatro es lo mejor. Pero la luz de la escena es un destello tan intenso como breve. La permanencia en la cima dura infinitamente menos de lo que soñamos durante años de preparación.

Es en este punto exacto donde estalla la gran paradoja: qué ridículamente corta es la gloria en comparación con la eternidad de la espera. Tu nombre, que hace un momento sonaba en bocas ajenas, vuelve a quedar confinado al susurro de tu propia respiración. Y ahí, en la intimidad desnuda, frente al espejo, comienza a borrarse el personaje e irrumpe la pregunta: ¿Y ahora qué?
Aquí se esconde la primera gran contradicción: “la fama te hace visible, pero también te vuelve invisible”.
Tal vez la fama no consiste en que todos conozcan tu nombre, sino en descubrir que, cuando lo saben, cada uno de ellos guarda una versión diferente y ajena de quién sos. Descubrís, con un sabor agridulce en la boca, que ser conocido no significa ser comprendido.

Esos quince minutos de fama fueron una encrucijada donde se definió tu propio destino. Frente al reflector, tenés que decidir cuánto de tu alma estás dispuesto a entregar a cambio de una ovación. Detrás de cada mirada hay una interpretación, una historia que quizás nunca elegiste contar. Y ahora es el preludio del silencio, un vacío inevitable que aguarda cuando los murmullos de los elogios se apagan.

Nos repetimos que el teatro es lo mejor, que estar arriba es la cumbre de la existencia…, ¿pero qué es, en verdad, lo mejor? ¿Es acaso la ensordecedora ovación de miles de extraños que adoran un personaje? ¿O es que todos sepan tu nombre? o ¿es acaso que alguien te comprenda el alma? 

Al final, el verdadero desafío no es conquistar al público ni lograr que la multitud te mire. El verdadero acto de valentía consiste en reconocerte a vos mismo cuando el peso de la mirada ajena comience a aplastarte. Consiste en mirarte al espejo, apagar las luces de la sala y comprobar que, detrás de la máscara del personaje, tu propia verdad sigue intacta. Porque, al fin y al cabo, el show termina, pero vos seguís acá.

REDACCIÓN Karina Córdoba | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Dámaris Ramos

Se apagan las luces. Solo queda el latido, cada vez más rápido.

Fulano: Al final, ¿te aplaudieron a vos, o aplaudieron al que brillaba?
NADIE: Aplaudieron mi talento.
Fulano: Ellos seguramente ya olvidaron qué fue lo que aplaudieron.

El corazón no solo late por emoción. También lo hace por la desesperación de perderse en el camino hacia una felicidad tenue. En este preciso momento tengo una pesadilla con los ojos abiertos: Algo, creo, empezó a ocurrir, aunque no sé qué ni cuándo, pero dejé de tener respuestas. ¿Qué fui? ¿Qué seré? Me sentí vacío en el camino, y en algún punto olvidé quién soy. ¿Dejé de ser? ¿Qué dejé de ser? ¿Dejé de saber qué era? Algo tuvo que pasar.

Si salgo y miro al escenario, solo voy a encontrar esa cinta despegada que marcaba mi lugar en el mundo. Hoy solo queda esa añoranza seca de lo que logré.

Fulano: ¿No lo ves? Sos como Ícaro al volar.
NADIE: Me alegra. Al final, su nombre fue recordado.
Fulano: ¿Y de qué le sirvió, si al final murió?
NADIE: Murió sintiéndose un dios.
Fulano: Murió queriendo imitar a lo que llamaban «Dios».Mis zapatos golpean el piso cada vez más rápido, buscando un lugar que ya no está marcado para mí, y mientras tanto la mente golpea todavía más fuerte y no encuentra nada. Me ahogo dentro de mi propio razonamiento: si todos me van a olvidar, entonces ni siquiera van a recordar mi nombre. ¿Y si el nombre es lo único que separa lo que hice de lo que soy?

Alguien sin nombre solo es un desconocido gesticulando en la oscuridad. Y aquellos a los que llamamos dioses solo son esos nombres que los de nuestro tipo enaltecen.
NADIE: ¿Entonces quién fui?
Fulano: Nunca dijeron cómo te llamabas.
NADIE:  Estaba en el cartel.
Fulano: ¿Aquel que ya arrancaron de la pared?

¿El cartel decía quién era yo o solo decía lo que quería ser? Hasta hoy no sé bien qué buscaba subiendo allí. ¿Era mi sueño o era solo una forma de no sentirme vacío? Capaz nunca me importó dejar algo marcado. Capaz solo necesitaba, aunque sea por un rato, dejar de sentir que no era nada.

Las huellas se borraron mientras yo seguía parado sobre ellas. Y si nadie encuentra ese rastro, ¿fui alguna vez el director de mi vida o solo seguí un guion?

Me convertí en alguien tan desesperado por el aplauso que se olvidó de preguntarse quién sería antes de lograr serlo.El escenario ya no es mío. Donde estaba mi nombre ahora hay otro. Y todavía no sé si lo que más me duele es que el mundo siga sin mí o no poder terminar yo mismo esa frase: Fui yo.

Fulano: ¿Y bien? ¿La vas a terminar, o te vas a quedar ahí, sin nombre, para siempre?

Fui yo quien lo intentó, quien se animó a subir. Fui yo quien luchó para conseguirlo. Fui yo aquel que no sabe si tuvo el talento, pero simplemente evitó bajar los brazos. Y si nadie sabe quién fui, solo me basta con gritar mi nombre al viento y esperar que el eco me lo recuerde. Más allá de los fracasos, más allá de mis lágrimas, fui yo quien lo logró por un instante.

Mi nombre es…

REDACCIÓN Pablo Arroyo | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Nazaret Sanchez

¡Bam! Cayó el telón y ahora los aplausos se convierten en gotas de lluvia repiqueteando por la ventana. Hay algo que los labios no quieren decir, pero que la mente si se anima a formular: ¿Y ahora, qué?

La respuesta  no es salir corriendo a buscar un trabajo o emprender otra meta. Es la calma y el silencio que evitamos en una  sociedad hiperconectada. A esta enfermedad del siglo XXI se la conoce como ‘almafobia’: el miedo a mirar y habitar nuestro propio interior.

¿Por qué tendemos, casi por inercia, a llenarnos de actividades y metas? ¿Por qué huímos de aquellos estados de aburrimiento y aparente improductividad?Para el filósofo Byung Chul-Han esto ocurre debido a una obsesión de la sociedad por la hiperactividad, el ruido digital y esa sensación de que está prohibido bajarse de la montaña rusa. Nos programamos para:

Una performance constante en cada ámbito cotidiano.

El scroll infinito y el consumo pasivo de contenidos.

La exigencia de documentar y exponer todo lo que pasa en el día a día a través de reels o historias de Instagram.Mientras que la hoja en blanco, la lluvia de ideas que nacen y mueren en un tachón y el descanso se viven como un guión absurdo.

¿Cómo puedo intuirlo? Porque me volví una experta en postergar mis propias pasiones. Escribir, leer, sacar fotos o tomarme un café con mi propia compañía suelen quedar en la sala de espera.Disfrutar se vuelve culposo porque siempre hay una  excusa nueva  que alimenta la exigencia: el trabajo, una tesis por terminar, cursar las últimas materias. Vivo una contradicción constante: querer que todo pase rápido y, a la vez, desear que no.

«Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta» — Carl JungMirar hacia adentro exige detener la marcha y atravesar la propia sombra de todo eso que ocultamos debajo del bullicio de los millones de reels que coleccionamos por si un día los necesitamos para inspirarnos. A veces, el tiempo es tirano y no espera hasta que nazca el famoso «Eureka!».

Quienes entramos en este juego o dependemos de un hilo creativo, nos atraviesa un maremoto de inseguridades  y terminamos cediendo nuestra esencia o reduciendo nuestro proceso a un prompt o a hooks alimentando aquella sociedad de la que habla Byung Chul-Han.

El problema no es el uso de la tecnología o la aparente exigencia de los demás hacia nosotros. El verdadero desafío es la mirada esquiva que tenemos sobre nuestras imperfecciones:

1. Una palabra que no encaja en la oración.

2. Una mancha sobre el lienzo que debía ser una obra maestra.

3. Una foto que no muestra nuestro mejor ángulo.

4. Este mismo texto buscando certezas en el vacío.

Está bien no tenerlo todo resuelto al instante ni apurarse por subir primero al escenario. En la imperfección habita la identidad: ese hilo invisible que une todo lo que somos.

Tomarnos un descanso y habitar la quietud no es un capricho ni un tiempo perdido; es el abrazo que nuestra propia voz necesita. Es el silencio que le permite al proceso creativo respirar sin la prisa de la siguiente meta.

Cuando la función termina y las luces se apagan, vencer  la almafobia consiste en regalarnos la pausa, apagar la pantalla y recordar una idea fundamental: el arte y las ideas no son un cálculo ni corren detrás de un reloj. Nacen de quien se atreve a habitar su propio silencio para encontrarse con el ‘yo’ del proceso.

ALMAFOBIA:

¡Bam! Cayó el telón y ahora los aplausos se convierten en gotas de lluvia repiqueteando por la ventana. Hay algo que los labios no quieren decir, pero que la mente si se anima a formular: ¿Y ahora, qué?

La respuesta  no es salir corriendo a buscar un trabajo o emprender otra meta. Es la calma y el silencio que evitamos en una  sociedad hiperconectada. A esta enfermedad del siglo XXI se la conoce como ‘almafobia’: el miedo a mirar y habitar nuestro propio interior.

EL IMPACTO DE LA HIPERACTIVIDAD

¿Por qué tendemos, casi por inercia, a llenarnos de actividades y metas? ¿Por qué huímos de aquellos estados de aburrimiento y aparente improductividad?Para el filósofo Byung Chul-Han esto ocurre debido a una obsesión de la sociedad por la hiperactividad, el ruido digital y esa sensación de que está prohibido bajarse de la montaña rusa. Nos programamos para:

 

Una performance constante en cada ámbito cotidiano.

 

El scroll infinito y el consumo pasivo de contenidos.

 

La exigencia de documentar y exponer todo lo que pasa en el día a día a través de reels o historias de Instagram.Mientras que la hoja en blanco, la lluvia de ideas que nacen y mueren en un tachón y el descanso se viven como un guión absurdo.

LA TRAMPA DE LA IMPRODUCTIVIDAD

¿Cómo puedo intuirlo? Porque me volví una experta en postergar mis propias pasiones. Escribir, leer, sacar fotos o tomarme un café con mi propia compañía suelen quedar en la sala de espera.

Disfrutar se vuelve culposo porque siempre hay una  excusa nueva  que alimenta la exigencia: el trabajo, una tesis por terminar, cursar las últimas materias. Vivo una contradicción constante: querer que todo pase rápido y, a la vez, desear que no.  

 

«Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta» — Carl Jung

Mirar hacia adentro exige detener la marcha y atravesar la propia sombra de todo eso que ocultamos debajo del bullicio de los millones de reels que coleccionamos por si un día los necesitamos para inspirarnos. A veces, el tiempo es tirano y no espera hasta que nazca el famoso «Eureka!».

Quienes entramos en este juego o dependemos de un hilo creativo, nos atraviesa un maremoto de inseguridades  y terminamos cediendo nuestra esencia o reduciendo nuestro proceso a un prompt o a hooks alimentando aquella sociedad de la que habla Byung Chul-Han.

HABITAR LA IMPERFECCIÓN

El problema no es el uso de la tecnología o la aparente exigencia de los demás hacia nosotros. El verdadero desafío es la mirada esquiva que tenemos sobre nuestras imperfecciones:

1. Una palabra que no encaja en la oración.

2. Una mancha sobre el lienzo que debía ser una obra maestra.

3. Una foto que no muestra nuestro mejor ángulo.

4. Este mismo texto buscando certezas en el vacío.

Está bien no tenerlo todo resuelto al instante ni apurarse por subir primero al escenario. En la imperfección habita la identidad: ese hilo invisible que une todo lo que somos.

REGALARSE LA PAUSA

Tomarnos un descanso y habitar la quietud no es un capricho ni un tiempo perdido; es el abrazo que nuestra propia voz necesita. Es el silencio que le permite al proceso creativo respirar sin la prisa de la siguiente meta.

Cuando la función termina y las luces se apagan, vencer  la almafobia consiste en regalarnos la pausa, apagar la pantalla y recordar una idea fundamental: el arte y las ideas no son un cálculo ni corren detrás de un reloj. Nacen de quien se atreve a habitar su propio silencio para encontrarse con el ‘yo’ del proceso.