Detrás del telón existe un escenario que pocos llegan a conocer. La función todavía no empieza, pero algo ya está ocurriendo.
El teatro de la locura permanece en silencio antes de cada estreno. No es un sitio donde solo se representan historias, sino un espacio donde nacen aquellas que todavía no encuentran una forma definitiva. Entre luces apagadas y páginas de un guión aún incompleto, conviven las ideas, los recuerdos, las obsesiones y las experiencias que transforman una visión en una voz propia.
No es un teatro común. No tiene una única escena ni un libreto definitivo. En sus rincones se acumulan momentos que, aunque parecen pequeños, terminan formando parte de una obra mayor. Una decisión, una oportunidad, una persona o una experiencia pueden convertirse en una trama fundamental de aquello que algún día saldrá a la luz.
Antes de que una historia llegue al público, existe todo aquello que la construyó: los aprendizajes que dejaron una marca, caminos que cambiaron de dirección y las situaciones que permitieron descubrir nuevas formas de crear. Cada elemento, poco a poco, empieza a tomar forma.
Todo gran espectáculo guarda esa parte invisible, hecha a partir de intentos, cambios de rumbo y momentos que transforman al protagonista. No se trata únicamente de llegar al escenario, sino de descubrir qué elementos forman parte de la historia que se quiere contar.
Los grandes espectáculos suelen recordarse por el momento en que las luces se encienden, pero pocas veces se observa todo lo que ocurrió antes: las horas de preparación, las decisiones tomadas, las experiencias acumuladas y los fragmentos que, sin saberlo, estaban construyendo algo más grande.
Antes de ser visto, todo artista debe enfrentarse al vacío. Un espacio donde descubre qué quiere transmitir y qué parte de su propia verdad llevará consigo cuando finalmente llegue el momento de salir a escena. En este teatro conviven distintas versiones de una misma persona: la que soñó con llegar hasta ahí, la que aprendió durante el camino y la que todavía continúa construyéndose. Cada rincón guarda un eco; cada pared la huella de un intento.
El artista también se vuelve espectador y crítico de su propio proceso. Observa lo que ha creado, reconoce lo aprendido y comprende que ninguna obra nace con el aplauso, sino mucho antes.
Quizás la verdadera magia nunca estuvo únicamente en el momento de la ovación… sino en todo aquello que hizo posible que ese instante existiera.
Antes del reconocimiento, de los quince minutos de fama y de que un nombre sea recordado, existe este lugar: el teatro de la locura. El escenario invisible donde cada experiencia encuentra su sentido y donde comienza la historia que algún día los demás verán.
REDACCIÓN Agostina Gutiérrez | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Tomás Colina
REDACCIÓN Martina Jeréz | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Morena Mora y Mateo López
Hay una parte de cualquier sueño que no suele aparecer cuando contamos la historia que le pertenece: todo lo que pasó antes. Las horas frente a una pantalla, los trabajos que salieron mal, las veces que hubo que volver empezar y esas pequeñas decisiones que, en el momento, parecían no llevar a ningún lado.
Llegar implica hacer cosas que no siempre queremos hacer. Repetir una tarea hasta que salga, aprender algo desde cero, quedarse un rato más cuando los demás ya terminaron o dejar de lado otros planes para poder seguir con el propio. También implica acostumbrarse a que muchas veces el esfuerzo no tiene una respuesta inmediata.
Porque mientras uno está en esa etapa, los resultados no siempre se pueden mostrar. Nadie ve las horas de práctica, los cambios de último momento o todo lo que hubo que corregir para conseguir algo que, cuando finalmente funciona, parece sencillo. Desde afuera solo se ve el resultado, pero todo lo anterior queda escondido.
Quizás por eso esta etapa sea tan difícil de contar. No tiene una escena final que demuestre que todo valió la pena. Hay días en los que se trabaja mucho y no pasa nada. Otros en los que aparece una oportunidad y no sale como esperábamos. Y también están las veces en las que tenemos que reconocer que una no funciona y elegir entre insistir, cambiarla o dejarla atrás.
Tampoco existe la seguridad de que todo esfuerzo termine como imaginamos. Podemos cambiar de rumbo, abandonar una idea o descubrir que aquello que buscábamos ya no es lo que queremos. A veces se llega a un lugar diferente y otras no se llega.
Pero eso no hace que lo anterior desaparezca. Todo lo que ocurrió durante ese tiempo deja algo: una habilidad, una experiencia, una forma distinta de mirar las cosas o incluso la certeza de que ya no queremos seguir por ahí.
Tal vez esa sea una de las partes más importantes de intentar algo. No saber exactamente dónde va a terminar, pero descubrir, mientras avanzamos, qué somos capaces de hacer, qué estamos dispuestos a sostener y qué cosas ya no queremos repetir.
Hacer una revista tiene una magia irrepetible, más aún si la estás viviendo en el último año de la carrera como en nuestro caso, donde se juntan dos profesiones que nos desafían a un verdadero trabajo en equipo. Cuando la idea de un comunicador social se cruza con la mirada de un diseñador gráfico, el resultado deja de pertenecer a uno solo para transformarse en algo mucho más potente. ¿Querés saber de qué se trata este proceso creativo?
En 1967, el semiólogo francés Roland Barthes realizó un ensayo titulado La muerte del autor para recordarnos que cualquier cosa que escribimos no nos pertenece por completo: todo texto es, en sí mismo, un cúmulo de historias y aprendizajes preexistentes. Es un tejido vivo y un terreno fértil donde las huellas de los otros dejan su propia marca unida a la tuya.
Si trasladamos estas nociones a nuestros procesos creativos en el campo de la Comunicación Social o el Diseño Gráfico podemos encontrar este rastro. Por ejemplo, a la hora de ponerle un nombre a esta nota o definir la estética de la página descubrimos que a alguien más se le ocurrió una idea similar en otro rincón del mundo. Lejos de presentarse como un absurdo o una frustración, la frase «todo ya está inventado» cobra un nuevo sentido: se vuelve una invitación a soltar la obsesión por la originalidad pura y un desafío que potencia la creatividad.
Cuando trabajamos en equipo, nuestros egos deben romperse. En ese sentido, Barthes plantea una distinción entre lo que es una pieza y lo que significa la huella para referirse al carácter de las personas. La pieza se trata de una persona rígida, soberbia y que no acepta sugerencias, mientras que la huella es aquel sujeto que se deja moldear y es permeable al cambio.
Lo que nos establece Barthes con esto último no es un sinónimo de pasividad. En la tensión de dos o más que trabajan juntos se genera la chispa necesaria. En otras palabras, el choque entre dos posturas distintas no es un conflicto destructivo e irreparable, sino el motor que encauza un proyecto estancado.
La modificación de una idea inicial en el trabajo colectivo es lo que permite construir algo superior. Por ejemplo, si lo pensamos desde el teatro, la interacción entre personajes genera un conflicto que permite hacer avanzar la trama. En nuestro caso, el armado de esta revista es parecido a una obra donde la interacción de comunicadores sociales y diseñadores gráficos permiten que esta nota salga a la luz. Se trata, entonces, de un ejercicio permanente de soltar y ceder ante los otros.
Si nos detenemos a pensar en lo que significa hacer una revista con personas que no se conocen, pero que están reunidos por una meta en común, hay un disfrute escondido en permitir al otro recortar tu párrafo favorito o hacer que rediseñe la paleta que te quedaste armando toda una noche. Esto también lo explica Barthes en El placer del texto donde la belleza radica en perder el control.
El boceto de lo que estás creando en compañía de alguien es el equivalente al backstage previo a un show, donde se ven las cicatrices y las modificaciones que sirvieron para mostrar el mejor resultado posible. Son, en definitiva, tachaduras que esculpen en lugar de borrar tu nombre de la obra.
Finalmente, cuando el telón se abre, la autoría se pierde en pos del resplandor colectivo. ¿De quién fue la idea? ¿Quién sugirió cambiar la primera frase? ¿A quién se le ocurrió el final? Son preguntas que dejan de importar. Crear en grupo consiste en renunciar a la preponderancia individual para permitir la intervención de la huella del otro por sobre la nuestra. Nutrirse de los demás no es renunciar a lo propio, es entretejerse en la experiencia viva de los otros.
REDACCIÓN Robinson Guzmán y Emilia Rodríguez | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Morena Mora y Mateo López
Me había acostumbrado tanto a medir la distancia entre quién era y quién quería llegar a ser que olvidé mirar todo lo que había avanzado.
Todo empezó con algo tan cotidiano como inesperado: un mensaje.
«Impresionante tu desempeño siempre y el nivel tan grande que tenés. Seguro es producto de todo el esfuerzo y el amor que se ve que ponés en cada trabajo. Muchísima admiración».
Lo leí varias veces, pero había una palabra a la que volvía una y otra vez: admiración. Podía entender que alguien valorara mi trabajo o reconociera mi esfuerzo, pero…, ¿admirarme? Eso era distinto. La palabra me quedaba grande.
Yo conocía demasiado bien lo que había detrás de cada entrega: las dudas, las correcciones, las ideas descartadas y esa costumbre de encontrar un error apenas unos segundos después de haber terminado.
Entonces, apareció una pregunta: ¿Qué veía en mí que yo aún no podía ver? La admiración comenzó a sentirse como un vestuario que otros habían confeccionado para mí: desde afuera parecía quedarme perfecto, pero yo no sabía cómo llevarlo. Ellos veían la obra terminada, yo conocía las costuras, los arreglos y todo lo necesario para que, al salir a escena, nada de eso se notara.
Tal vez me cuesta reconocer mis propias capacidades porque vivo demasiado cerca de mi proceso. La inseguridad lleva una contabilidad injusta; escribe los fracasos con tinta permanente y anota los logros con lápiz, como si nunca terminaran de pertenecerme.
Aquel mensaje hizo que me cuestionara esa forma de autoevaluarme. Me obligó a preguntarme por qué pesaba tanto lo que me faltaba y tan poco todo lo que había recorrido.
Entendí que reconocer mis logros no significaba ignorar mis errores ni dejar de exigirme, sino aprender a mirar con más amabilidad desde dónde partía, cuánto había avanzado y cuánto camino todavía tenía por delante.
Entonces, aquel mensaje dejó de hablarme de admiración. Empezó a hablarme de valor. Y entendí que reconocerlo no era la meta, era el punto de partida. Porque, si solo miro lo que me falta, cada nueva meta se convierte en una prueba. En cambio, si reconozco también lo que aprendí, podré mirar hacia adelante sin negar lo que avancé.
Aún me pasa de terminar un trabajo y encontrar algo que podría mejorar. Probablemente siempre sea así. Pero ahora intento hacerme una pregunta diferente: ¿Qué tengo hoy que antes no tenía y hasta dónde puedo llegar con eso?
Quizá esa sea la autoevaluación que necesitaba aprender, una que me permita reconocer dónde estoy para decidir hacia dónde quiero ir. Por eso sigo guardando aquel mensaje; no para recordar que alguien me admiró, sino porque una mirada ajena me llevó a revisar la propia.
Hoy sigo viendo las costuras. Sé dónde dudé, dónde me equivoqué y qué partes todavía quiero mejorar. Pero ahora también sé lo que esas costuras cuentan.
Porque detrás de la obra perfecta nunca hubo perfección. Había una persona aprendiendo a reconocer su propio valor.
REDACCIÓN Valeria Moyano | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Dámaris Ramos
¿Cuándo empezamos a cambiar?
Tal vez no sea al principio, cuando todo parece una idea y todavía imaginamos cómo queremos que salga. Quizás suceda más adelante, cuando miram os hacia atrás y descubrimos que ya no pensamos de la misma manera, que algunas certezas cambiaron y que aquello que queríamos al comenzar también adquirió otro significado.
Otras veces aparece de golpe, cuando una situación nos obliga a cuestionar algo que creíamos seguro. A veces el cambio es tan gradual que no lo notamos.
Y ahí surge una pregunta: ¿seguiremos cambiando? ¿Todo cambio es necesariamente positivo?
Nos gusta pensar que avanzar significa convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos. Sin embargo, no siempre es sencillo saber si una transformación nos acerca a quienes queremos ser. A veces cambiamos porque elegimos hacerlo; otras, porque las circunstancias nos llevan por caminos que no habíamos previsto.
Evolucionar también implica detenernos a mirar qué estamos dejando atrás y qué queremos conservar. Cada etapa puede modificar nuestra forma de ver el mundo y de entendernos.¿Cuánto de lo que somos al empezar permanece cuando estamos cerca de llegar?
Quizás menos de lo que imaginamos. O quizás permanezcan algunas cosas, pero con otro significado. Lo que antes parecía una certeza puede convertirse en una pregunta, y aquello que no comprendíamos al principio puede terminar formando parte de nuestra manera de pensar.
Tal vez el proceso no consista en llegar a una versión definitiva de nosotros mismos, sino en aprender a conocernos mientras cambiamos. Esos quince minutos que alguna vez imaginamos como el punto de llegada pueden terminar siendo apenas una parte de un recorrido más amplio. Cuando llegue ese momento, no solo habrá cambiado aquello que construimos: también habremos cambiado nosotros. Y quizás ahí esté una de las claves del proceso: aceptar que no podemos saber con exactitud quiénes vamos a ser cuando termine.
¿Cambiaremos para bien o para mal? ¿Vamos a reconocernos cuando miremos hacia atrás? ¿Nos estamos convirtiendo en las personas que queremos ser? Tal vez no haya respuestas definitivas. Mientras seguimos avanzando, seguimos cambiando y aprendemos a mirar esas transformaciones sin dejar de preguntarnos quiénes queremos ser.
Porque cuando lleguen esos quince minutos, quizás no seamos exactamente quienes imaginábamos al comenzar. Y tal vez eso también sea parte de llegar: descubrir que, mientras intentábamos construir algo, el proceso también nos estaba construyendo a nosotros.
REDACCIÓN Agustín Barrios | DIAGRAMACIÓN WEB Andina Pereyra, Cinthia Toledo, Fátima Flor y Antonella Gutiérrez | ILUSTRACIÓN Mateo López
Hacer una revista tiene una magia irrepetible, más aún si la estás viviendo en el último año de la carrera como en nuestro caso, donde se juntan dos profesiones que nos desafían a un verdadero trabajo en equipo.
Cuando la idea de un comunicador social se cruza con la mirada de un diseñador gráfico, el resultado deja de pertenecer a uno solo para transformarse en algo mucho más potente.
¿Querés saber de qué se trata este proceso creativo?
En 1967, el semiólogo francés Roland Barthes realizó un ensayo titulado La muerte del autor para recordarnos una verdad fubdamental: cualquier cosa que escribimos no nos pertenece por completo.
Cualquier texto o una pieza audiovisual es, en sí mismo, un cúmulo de historias y aprendizajes preexistentes. Se trata de un tejido vivo y un terreno fértil donde las huellas de los otros dejan su propia marca unida a la tuya.
Al trasladar esta noción a nuestros procesos creativos en el campo de la Comunicación Social o el Diseño Gráfico podemos encontrar con facilidad este rastro. Por ejemplo, a la hora de ponerle un nombre a esta nota o definir la estética de la página descubrimos que a alguien más se le ocurrió una idea similar en otro rincón del mundo.
Lejos de presentarse como un absurdo o una frustración, la frase «todo ya está inventado» cobra un nuevo sentido: se vuelve una invitación a soltar la obsesión por la originalidad pura y un desafío que potencia la creatividad.
Cuando trabajamos en equipo, nuestros egos deben romperse. En ese sentido, Barthes plantea una distinción clave entre dos posturas frente al proceso creativo:
La «Pieza»: Se trata de una persona rígida, soberbia y que no acepta sugerencias ni modificaciones en su obra.
La «Huella»: Representa a un sujeto propenso a dejarse moldear y es permeable al cambio.
«El choque entre dos posturas distintas no es un conflicto destructivo e irreparable, sino el motor que encauza un proyecto estancado».
La perspectiva de Barthes no debe ser traducida como un sinónimo de pasividad. En la tensión de dos o más que trabajan juntos se genera la chispa necesaria. Por lo que la modificación de una idea inicial en el trabajo colectivo es lo que permite construir algo superior.
En una obra de teatro, la interacción entre personajes genera un conflicto que permite hacer avanzar la trama. Analógicamente, lo mismo ocurre en nuestro caso. El armado de esta revista es parecido a una obra donde la interacción de comunicadores sociales y diseñadores gráficos permiten que esta nota salga a la luz. Se trata, entonces, de un ejercicio permanente de soltar y ceder ante los otros durante el proceso creativo:
1.Permitir que editen o recorten tu párrafo favorito.
2.Aceptar que rediseñen la paleta de colores que te quedaste armando toda una noche.
3.Entender que el boceto de lo que estás creando en compañía de alguien es el equivalente al backstage previo a un show, donde las cicatrices y las correcciones sirvieron para esculpir la mejor versión del proyecto.
Como lo explica Barthes en El placer del texto, la verdadera belleza de la creatividad radica en perder el control. Nada puede borrar tu nombre de la obra, está ahí, al lado de los demás.
Finalmente, cuando el telón se abre, la autoría se pierde en pos del resplandor colectivo: ¿De quién fue la idea?¿Quién sugirió cambiar la primera frase? ¿A quién se le ocurrió el final?
Son preguntas que dejan de importar. Crear en grupo consiste en renunciar a la preponderancia individual para permitir la intervención de la huella del otro por sobre la nuestra. Nutrirse de los demás no es renunciar a lo propio: es entretejerse en la experiencia viva de los otros.
CHOQUE DE EGOS EN EL TRABAJO CREATIVO:
Hacer una revista tiene una magia irrepetible, más aún si la estás viviendo en el último año de la carrera como en nuestro caso, donde se juntan dos profesiones que nos desafían a un verdadero trabajo en equipo.
Cuando la idea de un comunicador social se cruza con la mirada de un diseñador gráfico, el resultado deja de pertenecer a uno solo para transformarse en algo mucho más potente.
¿Querés saber de qué se trata este proceso creativo?
LA MUERTE DEL AUTOR ÚNICO
En 1967, el semiólogo francés Roland Barthes realizó un ensayo titulado La muerte del autor para recordarnos una verdad fubdamental: cualquier cosa que escribimos no nos pertenece por completo.
Cualquier texto o una pieza audiovisual es, en sí mismo, un cúmulo de historias y aprendizajes preexistentes. Se trata de un tejido vivo y un terreno fértil donde las huellas de los otros dejan su propia marca unida a la tuya.
Al trasladar esta noción a nuestros procesos creativos en el campo de la Comunicación Social o el Diseño Gráfico podemos encontrar con facilidad este rastro. Por ejemplo, a la hora de ponerle un nombre a esta nota o definir la estética de la página descubrimos que a alguien más se le ocurrió una idea similar en otro rincón del mundo.
Lejos de presentarse como un absurdo o una frustración, la frase «todo ya está inventado» cobra un nuevo sentido: se vuelve una invitación a soltar la obsesión por la originalidad pura y un desafío que potencia la creatividad.
PIEZA VS HUELLA:
Cuando trabajamos en equipo, nuestros egos deben romperse. En ese sentido, Barthes plantea una distinción clave entre dos posturas frente al proceso creativo:
La «Pieza»: Se trata de una persona rígida, soberbia y que no acepta sugerencias ni modificaciones en su obra.
La «Huella»: Representa a un sujeto propenso a dejarse moldear y es permeable al cambio.
«El choque entre dos posturas distintas no es un conflicto destructivo e irreparable, sino el motor que encauza un proyecto estancado».
La perspectiva de Barthes no debe ser traducida como un sinónimo de pasividad. En la tensión de dos o más que trabajan juntos se genera la chispa necesaria. Por lo que la modificación de una idea inicial en el trabajo colectivo es lo que permite construir algo superior.
EL PROCESO EDITORIAL COMO UNA OBRA TEATRAL:
En una obra de teatro, la interacción entre personajes genera un conflicto que permite hacer avanzar la trama. Analógicamente, lo mismo ocurre en nuestro caso. El armado de esta revista es parecido a una obra donde la interacción de comunicadores sociales y diseñadores gráficos permiten que esta nota salga a la luz. Se trata, entonces, de un ejercicio permanente de soltar y ceder ante los otros durante el proceso creativo:
1.Permitir que editen o recorten tu párrafo favorito.
2.Aceptar que rediseñen la paleta de colores que te quedaste armando toda una noche.
3.Entender que el boceto de lo que estás creando en compañía de alguien es el equivalente al backstage previo a un show, donde las cicatrices y las correcciones sirvieron para esculpir la mejor versión del proyecto.
Como lo explica Barthes en El placer del texto, la verdadera belleza de la creatividad radica en perder el control. Nada puede borrar tu nombre de la obra, está ahí, al lado de los demás.
EL RESPLANDOR COLECTIVO ENTRA A ESCENA
Finalmente, cuando el telón se abre, la autoría se pierde en pos del resplandor colectivo: ¿De quién fue la idea?¿Quién sugirió cambiar la primera frase? ¿A quién se le ocurrió el final?
Son preguntas que dejan de importar. Crear en grupo consiste en renunciar a la preponderancia individual para permitir la intervención de la huella del otro por sobre la nuestra. Nutrirse de los demás no es renunciar a lo propio: es entretejerse en la experiencia viva de los otros.